https://www.youtube.com/watch?v=0F0B465SSXA&list=PLYdvBcP4WRPS7ttVcm-G6SK-tB9jZhaLr&index=3

En su cédula de identidad es Valdovino (Colonia Santo Domingo de Guzmán, Caaguazú, 1968), alias Valdo Torres alias Vilo alias Waldo Longo. A los cinco años, su familia su mudó a Asunción. A los seis, un compañero de clase le dibujó a Superman en la última hoja de su cuaderno. El niño Valdo se pasaba horas mirando a ese Superman, embelesado, hasta que el grandulón de la fila de atrás decidió hacerle curuvica el dibujo, curuvica que Valdo guardó en su cuaderno, recompuso como pudo en su casa y trató de resucitar durante mucho tiempo emulándolo. Ahí comenzó a dibujar.

Como tantos otros niños criados con altas dosis de TV, Valdo adoptó el español doblado por Palmera Records que emana la tele latinoamericana, al punto que los personajes de los dibujos animados y la función trasnoche comparten las mismas voces; la fase cristalizó de juego a rasgo. De las generaciones enteras criadas a fuerza de posmodernismo, a la gran mayoría no le importa distinguir entre la altura y la bajeza de sus referencias culturales; algunos salen calcados a Bart Simpson, y otros, como Valdo Torres, subordinan la confusión a sus deseos expresivos. Si el capitalismo es una gran bestia capaz de fagocitar simbólicamente a todos sus oponentes —algo así como la Nada que avanza en La historia sin fin— el retruco está en la guerrilla vietnamita, en imprimir calcomanías de zombis cariñositos, mujeres de voracidad aniquiladora y motosierras antropomorfas para pegarlas donde nadie las haya pedido y todos las aprecien, como en el baño de Rockero Popurrí Nocturno, y en hacer que Bambi y Blancanieves por fin se besen en público sin que nadie pestañee.

Hace casi ya veinte años es Director de Arte en Biedermann Publicidad. Sea por encargo y contra reloj en la agencia o ensimismado en su fauna imaginaria, Valdo nunca paró de dibujar.

Hace casi ya veinte años es Director de Arte en Biedermann Publicidad • Vichi Candia

Fuiste una de las camadas experimentales de Diseño Gráfico de la Católica, la primera universidad del país en habilitar la carrera. ¿Quiénes te formaban en la carrera en esa época?1

Publicitarios, arquitectos, profesores de arte. Realmente eran artistas que se dedicaban al arte y enseñaban, al mismo tiempo, teoría de la comunicación, historia del arte y dibujo, entre otras cosas. Estaba [Osvaldo] González Real, que era director de Bellas Artes en esa época.

Un tipo que me abrió la cabeza a la publicidad fue Gabriel Brizuela. Un gran arquitecto y artista que en esa época trabajaba en una agencia de publicidad y enseñaba en la facultad.

Después de eso, cuando empecé a trabajar le conocí a Ricardo Yustman, quien fue cofundador de Nasta y uno de los dueños de esa agencia. Él dibujaba con plumilla y hacía unas cosas increíbles. Yustman no le tenía mucha simpatía a la escena artística de esa época. Ricardo se abrió de ese ambiente y creaba cosas por su cuenta. Realmente fue el padre del diseño gráfico en Paraguay. Cuando hablás del inicio de la publicidad y el arte dentro de ella, estás hablando de lo que empezó Yustman.

«Lo que vos tenés que buscar es algo que nadie más hizo, o algo que se haya hecho pero vos dale totalmente la vuelta». Esas palabras hasta ahora me persiguen.

Me acuerdo una vez que estaba dibujando en mi escritorio al mediodía cuando se acerca Ricardo a ver mi dibujo y me dice: «Es una mierda lo que estás haciendo». El dibujo era de una chica luchando contra un dragón.«Ahora, en este mismo momento, hay un millón de personas haciendo lo mismo de diferentes maneras. Lo que vos tenés que buscar es algo que nadie más hizo, o algo que se haya hecho pero vos dale totalmente la vuelta». Esas palabras hasta ahora me persiguen.

Si se me ocurre una idea, pongo palabras claves en Google. Busco si no hay nada parecido, porque a veces las ideas son tan obvias que están ahí, en nuestras narices y parece imposible que no se le haya ocurrido a alguien antes.

Creciste mamando cómics, un género de amplio espectro que aguanta desde la ingenuidad hasta las perversiones más oscuras. La irreverencia y la subversión del extremo perverso del espectro supuran en todo lo que hacés.

Mi vieja siempre me traía cómics de Disney. Eran geniales librillos de cien páginas que me obligaron a aprender a leer en portugués. Después conocí a Turma da Mônica, en esa etapa masturbatoria en la que no me era indiferente que se le vea a Mônica la bombachita. Con el tiempo seguí muy metido en los cómics pero mis intereses iban mutando y empecé a buscar otras cosas. Publicaciones brasileñas, argentinas, españolas, francesas e italianas difíciles pero no imposibles de encontrar.

En 1986 conocí una revistería en el Mercado Cuatro, sobre Perú cruzando Pettirossi. Era un paraíso para el que buscaba cosas diferentes. Allí encontré revistas como El Víbora y Métal Hurlant. Cómics ultraviolentos y pornográficos. Nadie entraba a buscar Condorito a ese lugar. Era oscuro y el tipo que atendía tenía pinta de pocos amigos.

Compré revistas ahí por tres años. Dejé de ir por unas semanas y un día leo en la tapa de Crónica el titular «Le mataron por argel» y la foto del revistero abajo. Lo único que pude pensar en el momento fue: «Y sí, era argel en serio». Ahora es un lugar donde venden juguetes inflables.

Terminó la época dorada y las buenas revistas dejaron de venir. La única manera de seguir leyendo cómics era acudiendo a los superhéroes. Comencé con X-Men y Capitán America que me resultaban muy telenovela, hasta que llegó a mis manos The Dark Knight Returns de Frank Miller, que llevó el género de superhéroes a un nivel que me resultaba respetable.

«A veces siento que tengo demasiadas perversiones», dice Valdo. • Vichi Candia

El sexo, la violencia y la muerte, tres vetas fundamentales de los cómics más zarpados, son también tus fetiches recurrentes.
Me gusta muchísimo que la gente diga: «Ugh, ¡eso es asqueroso!». A veces siento que tengo demasiadas perversiones. Una vez mi sobrinita de siete años me sorprendió preguntándome por qué hago cosas tan sangrientas. No supe qué responderle.

¿Y qué te pasa con los zombis?
Yo creo que, de alguna manera, todos ya estamos muertos. Somos todos zombis en la manera en que deambulamos en el loop de nuestra rutina diaria, de no estar viviendo las vidas que alguna vez soñamos tener.

¿Nunca recibiste críticas por tu representación de las mujeres, la hipersexualización, la violencia?
Pienso en eso a veces, pero al final del día decido serle fiel a lo que tengo ganas de plasmar. Hago lo que hago porque lo considero un proceso hermoso, y si eso de alguna manera molesta a alguien no es mi intención, pero tampoco es motivo para parar.

Hago lo que hago porque lo considero un proceso hermoso, dice Valdo • Vichi Candia

¿Te animarías a hacer una novela gráfica?
No, porque es demasiado trabajo. Lleva meses y meses de quemarte las pestañas. No quiero lidiar con la responsabilidad de mantener un hilo conductor tan grande. Antes tenía esa paciencia, pero ahora ya no. Una novela gráfica es una relación a largo plazo y yo prefiero tener noches más casuales con mi obra.

¿Hay personajes o historias que se repiten en tu obra?
No, porque me gusta estar constantemente experimentando con narrativas nuevas. Al estar arrancando permanentemente mundos nuevos es más fácil mantener una frialdad que me ayuda a no perder la perspectiva, porque cada obra es un extraño con el que no estoy encariñado.

Soy disperso. Si hago una serie, máximo son tres o cuatro en la misma línea. Capaz con el zen de la vejez pueda realizar diez obras que tengan continuidad, pero probablemente las haga en momentos diferentes.

«Cada obra es un extraño con el que no estoy encariñado»

Por eso me gusta Instagram, porque es instantáneo. Lo que pongo ahí es lo que sale en ese momento, es casi como jazz. Tengo demasiadas cosas en la cabeza y me es muy necesario deshacerme de ellas antes de que ellas se deshagan de mí.

Detalles de varias ilustraciones de Valdo

¿Autocensurás tu trabajo en redes sociales?
Un tiempo comencé a preocuparme porque me seguían muchos niños en Instagram y le bajé un cambio a los posteos demasiado sexuales. Eso duró casi dos días; después me dije «Japiro, que le cuiden sus mamás» y seguí para adelante.

Decís que todavía no te lanzaste a vivir realmente de tu arte. ¿Pensás que podrías hacerlo?
Yo pienso que sí. Estoy disciplinándome a ponerle el precio correcto y hacer valer mi obra, porque hasta ahora o las regalé o dejé que me paguen con cerveza.

Todo lo hago para mi disfrute personal y no tengo la venta en mente al trabajar. A veces voy de visita a la casa de alguien, observo lo que tienen colgado en las paredes y no logro visualizar mis obras ahí. Veo muchas películas y siempre me fijo qué tienen colgado en las paredes. Siempre veo cosas que nada tienen que ver con paisajes ni impresionismo ni realismo; tienen más bien algo cómico, naif, violento, nada habitual. Yo hago cuadros para paredes de películas. Capaz sea solo una percepción mía.

¿Pensaste vender afuera?
Gente que entiende de esto mucho más que yo —porque yo no entiendo un carajo— me dice que mis cosas tienen su mercado en lugares como Londres, Berlín o Nueva York. Sea eso cierto o no, es algo que por mi cuenta nunca voy a saber. Realmente necesito que otras personas se encarguen de eso por mí.

«A veces voy de visita a la casa de alguien, observo lo que tienen colgado en las paredes y no logro visualizar mis obras ahí.Yo hago cuadros para paredes de películas. Capaz sea solo una percepción mía.»

Cuando alguien se te acerca con un encargo, ¿te crea limitaciones?
Hace un tiempo me encargo de la identidad gráfica de la banda de rock Villagrán Bolaños. Ellos me dan total libertad y es un trabajo que me llena de satisfacción. Ya hubo situaciones en las que se acercan a decirme «Tengo esta fiesta, este es su nombre», y un segundo después me dicen algo como «mi idea es esta: un poni montando una estrella fugaz…». Es por lo general ese el momento en el que me excuso para ir al baño y nunca vuelvo. En el trabajo me paso haciendo ponis sobre estrellas fugaces para los demás. Cuando estoy haciendo lo mío quiero hacer lo mío.

A Valdo se le ocurre la idea, Waldo las dibuja y Vilo las firma • Vichi Candia

Valdo, Vilo, Waldo: ¿quién emergió primero?
A Valdo se le ocurre la idea, Waldo las dibuja y Vilo las firma. Es Vilo el que va a terminar preso el día que finalmente crucemos la línea. Eso de tener seudónimos lo «presté» de un dibujante francés llamado Andrea Pazienza que me gustaba mucho. Tenía diferentes nombres y dibujaba de una manera diferente según el nombre con el que firmaba la obra.

Me gusta la idea de pensar que la trinidad Valdo, Waldo y Vilo somos personas diferentes, pero siempre que uno de ellos sale a tomar, los tres terminan con resaca al día siguiente.

Mis dibujos son el resultado de un mismo plan malvado que idearon los tres juntos.

  1. Entrevista de Silvia Sánchez Di Martino & Sofía Hepner