Enrique Riera se convirtió en ministro de Educación mientras dormía la siesta. Pero antes había hecho sus tareas. En mayo de este año, Riera, un hombre que se ha dedicado a la política casi toda su vida —ex presidente del Consejo de la Magistratura, ex ministro de la Secretaría Nacional de la Juventud, ex diputado, ex intendente de Asunción— seguía atentamente la crisis que generó en el Gobierno un alzamiento inédito de estudiantes secundarios. Un centenar de colegios en toma en todo el Paraguay, manifestaciones y sentatas de alumnos, padres y profesores eran las medidas de presión que acompañaban a una demanda clara: más inversión en educación.

Paraguay es uno es uno de los países de la región que menos presupuesto destina a educación, con apenas un 3,9 por ciento de su PIB, muy lejos del mínimo de 7 por ciento recomendado por la Unesco.

La movilización de los secundarios provocó finalmente que la ministra de Educación por tres años, Marta Lafuente, renunciara a su cargo al cabo de una semana.

Marta Lafuente ofreció flores a los estudiantes en la marcha del 2015. «No queremos flores, queremos educación» le respondieron En cuanto se anunció su renuncia el jueves 5 de mayo, Riera aprovechó su confianza con el presidente Horacio Cartes, al que visitaba cada semana como presidente del Consejo de la Magistratura, para sugerirle a dos posibles sucesores. Riera cuenta que ese mismo día mandó un mensaje a Cartes con su primera propuesta, pero el presidente no le contestó. Al otro día, a las dos de la tarde, le mandó otro mensaje con el nombre de una segunda persona, pero tampoco obtuvo respuesta. Entonces decidió dormir una siesta.

Educación en estado de emergencia

La educación paraguaya es la peor entre 140 países, tanto en primaria –por dos años consecutivos– como en educación superior, donde en 2015 desbancó del último puesto a Sudáfrica, según califica el Foro Económico Mundial. El Índice de Desarrollo Humano (IDH), que tiene a la educación como uno de los pilares de medición, ubica a Paraguay en el puesto 110 entre 160 países. La ONU lo considera el país peor alimentado y con la peor calidad de vida de Sudamérica debido a las carencias predominantes en sus servicios públicos de salud y de educación.

Los problemas históricos de la educación paraguaya hacen que los techos de las escuelas se derrumben. Como el del Colegio Nacional de Lambaré, que dejó heridos a trece estudiantes y una maestra tras desmoronarse un aula con 30 estudiantes adentro. O el más reciente de la ciudad de Piribebuy, donde dos alumnos de 8 y 13 años sufrieron lesiones tras el derrumbe de una galería de su centro escolar. En la ciudad de Villa Elisa, el MEC ha clausurado once aulas por riesgo de colapso, pero no hay planes de reparación. En lo que va de 2016 se han registrado ya once derrumbes de escuelas. Más de una al mes.

La situación se pone peor con la falta de formación docente y de una adaptación a didácticas que estén a la altura de los desafíos de esta época; o la ausencia del uso de tecnología en las escuelas, en un país donde algunas de ellas ni siquiera cuentan con sillas o mesas. En el interior del país, la falta de caminos en buen estado para que los alumnos puedan llegar a sus escuelas durante todo el año es común.

Además de las deficiencias en contenido e infraestructura, el sistema educativo paraguayo tiene muchos problemas de corrupción dentro del Ministerio, como el caso de la sobrefacturación en la compra de alimentos, uno de los detonantes de la revuelta de mayo pasado. También se denuncia la paga de honorarios a funcionarios que no existen o nunca han asistido a la institución.

En mayo de 2016 estudiantes secundarios tomaron 100 colegios como protesta, la ministra Lafuente renunció días después • Juan Carlos Meza

Mientras tanto, muchas maestras trabajan sin cobrar honorarios y sin posibilidad de jubilación. Miles de alumnos y alumnas recorren kilómetros para llegar a un centro escolar. Mientras, se descubren más sobrecostos en decenas de municipios por fraudes con el Fondo Nacional de Inversión Pública y Desarrollo (Fonacide), que da a los gobiernos locales grandes sumas de dinero para reformas de infraestructura educativa, merienda escolar, equipamientos y formación docente. Según denuncias, el Ministerio del Interior y el Ministerio de Defensa utilizaron recursos del Fonacide para comprar armas y municiones.

Riera, la estrategia de Cartes para apagar la crisis en educación

Luego de la renuncia de Lafuente, la prensa atosigaba al Gobierno y a los estudiantes buscando nombres de candidatos a nuevo ministro de Educación. Por su parte, los líderes estudiantiles exigían reunirse con el presidente Cartes. Querían ser parte de la toma de decisión sobre quién sería el próximo titular de la cartera, reclamaban aumentos en el presupuesto para educación y amenazaban con mantener las ocupaciones de los colegios si no se daban respuestas a sus demandas. Había cierta sensación de júbilo entre los manifestantes. Algunos, incluso, pensaron que algo cambiaría.

A las cinco de la tarde del viernes 7 de mayo, un día después de que finalmente renunciara Lafuente, Cartes despertaba a Riera con una llamada para ofrecerle el cargo de ministro de Educación. «Te necesito, sé que no es fácil porque es un hierro caliente y estoy a la mitad de mi gestión», le dijo, según contó Riera en radio Ñanduti a pocos días de asumir el mando del Ministerio.

Debido a su probada capacidad de supervivencia política y habilidad para la conciliación, Cartes eligió a Riera para suceder a Lafuente, considerada uno de los pilares de la «selección nacional» de cuadros técnicos que el presidente nombró al comienzo de su mandato. Sin embargo, representantes estudiantiles y gremiales la acusaban constantemente de autoritaria.

Había cierta sensación de júbilo entre los estudiantes luego de la renuncia de Marta Lafuente. Algunos, incluso, pensaron que algo cambiaría.

Johana Romero, estudiante y coordinadora de la Federación Nacional de Estudiantes Secundarios (Fenaes), acudió a la primera reunión que el ministro Riera mantuvo con representantes de las principales organizaciones de colegios, apenas 24 horas después de ser nombrado. «Con Lafuente no podíamos llegar a ningún acuerdo. Riera hace como que en serio le importa, aunque sabemos que es un discurso político para comprar a muchas personas», cuenta.

El 10 de mayo de 2016, unos treinta estudiantes menores de 18 años rodearon al ministro en la mesa de su despacho y no se levantaron hasta llegar a un acuerdo. Tras unas cuatro horas en las que mayoritariamente habló él para criticar la gestión de su antecesora, recuerda Romero, consensuaron cuatro puntos, entre ellos la declaración de una emergencia nacional para invertir inmediatamente en infraestructura educativa y renovar la promesa hecha ya por el Gobierno de, al menos, doblar el porcentaje del PIB dedicado a la educación.

Riera prometió en decenas de entrevistas que se aprobaría de manera inmediata la emergencia nacional de educación y que los estudiantes serían «contralores» de los 700 millones de dólares que el Ministerio tiene para invertir.

Dos días más tarde, el presidente firmaba un acuerdo con los líderes estudiantiles para levantar la protesta y se tomaban la selfie de la paz.

Riera, de cuna de oro al Estado

El hombre que se dice dispuesto a salvar la educación estatal estudió en el selecto colegio privado de San José, y luego en una de las universidades privadas más caras del país: la Universidad Católica de Asunción.

Manuel Riera, vicepresidente de la Asociación Rural de Paraguay (ARP), uno de los espacios más conservadores del país, dice que su hermano Enrique Riera está asumiendo el desafío más grande de su vida.

Su abuelo fue Manuel Riera Milleres (1892-1957), presidente de la Corte Suprema de Justicia, del Banco del Paraguay, del Colegio de Abogados del Paraguay, de la Asociación Rural del Paraguay y del Touring y Automóvil Club del Paraguay. Fundó el Estudio Jurídico de la familia que lleva ya cuatro generaciones. Su padre, Enrique Manuel Riera Figueredo, fue opositor político de la dictadura, lo que le valió el exilio en varias ocasiones hasta que se dedicó a gestionar una empresa ganadera familiar y a ser presidente de la ARP en seis ocasiones.

Enrique Riera ha ocupado altos cargos públicos desde 1993 gracias a su militancia en el Partido Colorado. Su carrera empezó como funcionario judicial y después como secretario general del Ministerio del Interior. Dirigió el Viceministerio de la Juventud entre 1994 y 1996, fue diputado nacional de 1998 a 2003 y tomó las riendas de la ciudad de Asunción entre 2001 y 2006.

Un político impune

En 2004, 400 personas murieron en el incendio del supermercado Ycuá Bolaños en Asunción, que funcionaba con permiso municipal. Riera, que en aquel entonces era intendente de la ciudad, no renunció. Según la Coordinadora de Víctimas del Ycuá Bolaños, el mismo Riera reconoció que durante su mandato se cobró la tasa por una inspección municipal que jamás se realizó. Ese mismo año, 194 personas morían en un incendio en una discoteca de Buenos Aires. Tras el hecho, el jefe de Gobierno de la ciudad, Aníbal Ibarra, fue destituido de su cargo por ser considerado responsable político de la tragedia.

Riera permaneció en el cargo, según él, para ayudar a las víctimas y para que la ciudad no entrara en un colapso político que impidiera atender a la gente en plena crisis. Para las víctimas, Riera no renunció porque se sabía impune en el sistema judicial paraguayo y, por tanto, libre de responsabilidades penales. Si alguien se atreve a contradecirle tiene que saber que él es socio de un estudio jurídico familiar que, calculan, ya le ha evitado demandas por valor de unos sesenta mil millones de guaraníes (unos diez millones de dólares).

Para las víctimas del Ycuá Bolaños, Riera no renunció porque se sabía impune en el sistema judicial paraguayo y, por tanto, libre de responsabilidades penales.

Además de su cuestionada gestión del incendio del Ycuá Bolaños, en el currículum de Riera destacan otros episodios sobre los que no le gusta que le pregunten: mientras era intendente de Asunción permitió una excavación irregular para buscar un supuesto tesoro enterrado en el Parque Caballero, uno de los pocos espacios verdes de la ciudad, algo que solo reconoció cuando los vecinos alertaron a una radio sobre el movimiento de máquinas y de tierras en el lugar en plena noche.

En aquella oportunidad, Riera autorizó sin permiso de la Junta Municipal a que el entonces ministro de la Corte Suprema de Justicia, Víctor Núñez, y el titular del Tribunal de Justicia Militar, Porfirio Ramírez, encargaran la búsqueda del supuesto tesoro. Pero si sobrevivió políticamente a la muerte de cientos de personas en un incendio causado por la negligencia de la institución que estaba a su cargo, podía salir ileso de la sorna generalizada ante su debilidad por los mitos urbanos.

Riera es lo que se considera un animal político, un encantador de serpientes, siempre con la sonrisa por delante. Una sonrisa que solo implica sus músculos faciales inferiores. Su frente, sus cejas y sus ojos quedan inmóviles cuando muestra al público sus dientes.

Su compañero del colegio San José, Luis Villasanti, presidente de la ARP, dice que Riera es «ambicioso, capaz y muy diplomático». También destaca su oratoria: puede ocupar 20 de los 25 minutos de un acto institucional hablando sin ningún papel.

Esa labia probablemente le sirvió para enfriar las protestas estudiantiles, según dice la dirigente de la OTEP Blanca Ávalos. «[Pero] dentro del Ministerio de Educación no ha cambiado nada más que el chofer, como solemos decir», asegura.

Un cambio de mando en educación para que nada cambie

«Ya les aviso que voy a reunirme con Belcebú, Lucifer, si es necesario para la educación. Tengo que lograr los objetivos igualmente con intendentes, diputados y gobernadores imputados. (…) Soy capaz de reunirme hasta con Al Capone y los Tattaglia si me van a construir una buena escuela», dijo Riera un mes después de asumir.

Al conocerse su designación como ministro, las reacciones de rechazo fueron automáticas. En un comunicado, gremios de estudiantes expresaron su indignación por la decisión del Presidente, donde acusaron a Riera de tener un «nefasto antecedente de sus gestiones anteriores, en donde demostró su total falta de responsabilidad y capacidad y, por sobre todo, su falta de conocimiento en el ámbito educativo».

Hasta hoy solo ha cumplido una de las promesas, la de establecer una mesa de trabajo. Según Johana Romero, líder de la Federación Nacional de Estudiantes, en la práctica esto «no ha servido para decidir nada ni para aumentar la participación de la ciudadanía».
«Se la pasa en un monólogo de horas. No hay representatividad, buscan que no podamos tomar una decisión, son conversatorios de 50 personas, no una mesa de trabajo real», dice Romero.

Cuenta además que no tuvieron en cuenta las recomendaciones que les hicieron sobre la emergencia nacional. «Quieren hacerla por dos años y nosotros decimos que lo hagan solo por uno, porque después viene año electoral y tememos que los políticos lo usen de forma electoralista y cortoplacista», dice la estudiante.

En un campamento del MEC con estudiantes, Riera acompañó a Cartes haciendo típicos gestos del Partido Colorado.

Mientras, se dilatan soluciones efectivas y más centros escolares se caen a pedazos sobre niños, y viejas prácticas, como la ocupación de cargos sin concurso dentro del ministerio por parte de miembros del Partido Colorado, continúan con el aval y pese a las promesas de transparencia de Riera.

«Lo cuestionamos cuando fue propuesto porque es una persona sin experiencia en el campo docente», dice la dirigente del gremio de docentes Blanca Ávalos sobre la designación de Riera. «Tiene una visión empresarial y privatizadora», según ella, opuesto a los valores que se necesitan para el servicio público, en particular para dirigir la educación paraguaya. Pero en el amplio espectro de la historia de los que han asumido la cartera educativa, al parecer Riera no será una excepción, sino un eslabón más de la cadena.

La educación frustrada

Llevar el mando del Ministerio de Educación de Paraguay es la tarea de gobierno que más involucra los sentimientos de los ciudadanos, en un país donde todavía la gente se dirige a los profesionales por su título universitario o que llama «doctor» a un abogado, ejemplos de la admiración por el sueño siempre frustrado de formarse para tener una vida mejor. Frustrado porque en Paraguay, la educación no ha servido para hacer contrapeso a las extremas desigualdades. El Partido Colorado, con más de medio siglo al mando de la cartera de Educación, le cabe una responsabilidad particular por esta realidad.

Durante la dictadura de Alfredo Stroessner (1954-1989), el sistema educativo sirvió para legitimar el régimen. El último ministro de Educación de ese periodo, Carlos Antonio Ortiz Ramírez, era tan inepto que fue bautizado por la prensa como ñandejára taxi —el transporte de Jesucristo: el burro— y el periódico ABC Color lo acusó de haber amasado una fortuna durante su gestión. Su proclama «la calle es de la policía» ilustra la mentalidad servil al régimen militar.

A pocos meses de asumir, Riera recibió una de las manifestaciones estudiantiles más grandes de la hsitoria • Juan Carlos Meza

Ya en democracia, cualquier discurso político que busca aprobación del electorado se ha referido y se refiere a la educación como «el motor del progreso». Durante la última década, los que han estado al frente de esta cartera, casi todos del Partido Colorado, ganaron una prominencia especial en la agenda informativa, consiguiendo acaparar más poder que desde otros puestos en el gobierno. Algunos lograron incluso aspirar a la presidencia de la República, como el exitoso caso de Nicanor Duarte Frutos, dos veces ministro de Educación y luego presidente, y el intento fracasado de Blanca Ovelar en 2008, que llevó al Partido Colorado a pasar a la oposición por primera vez en más de medio siglo. Pero esta relevancia política y mediática no ha servido para modificar el curso fatídico de la educación paraguaya.

«Desde la caída de la dictadura, muchas cosas no han cambiado en lo que ellos llaman transición [democrática]. Tanto Blanca Ovelar como Horacio Galeano Perrone, son hombres y mujeres que –como Riera– tenían buenas palabras pero que se quedaron en promesas y deseos; pero Blanca y Marta fueron las peores porque son las responsables de la mal llamada reforma del 92 que nunca cambió nada», dice Blanca Ávalos.

A solo cinco meses de haber asumido el puesto de ministro, Riera ya da señales de tener las mismas ambiciones electoralistas de algunos de sus predecesores partidarios, poniendo en duda su compromiso con la administración de la educación.

«Propaganda Riera 2018», se lee en un twit de la senadora opositora Desirée Masi. El twit contiene un video donde el ministro Riera acompaña al presidente Cartes rodeado por un numeroso grupo de jóvenes que los recibió efusivamente en un campamento organizado por el MEC. En sus manos, Riera lleva una remera roja que revolea con ánimo, gesto tradicional de los miembros del Partido Colorado. Su nombre se baraja en algunos sectores como posible sucesor de Cartes para las elecciones de 2018.

«Tírenme, tírenme», dijo Riera a cientos de estudiantes secundarios que se manifestaron frente al edificio del Ministerio de Educación. En su cara no se vio la sonrisa que lo caracteriza. Es la imagen que quedó grabada de una masiva movilización de colegios públicos y privados el pasado 16 de setiembre. En la marcha, miles de jóvenes salieron a las calles de Asunción para exigir mejoras en la educación. El ministro admitió luego que provocó a los jóvenes a que le lanzasen botellas de agua porque le molestó que lo califiquen de stronista. Lo que no reconoció es que un día antes hizo declaraciones muy alejadas del estilo conciliador con que empezó su gestión.

Riera amenazó que los secundarios que se sumen a la protesta serían sancionados con ausencias y aplazos. «Tienen todo el derecho a manifestarse, pero que se atengan a las consecuencias», dijo a los medios. A los maestros que se adhiriesen, advirtió que tendrían descuentos en sus salarios. Los secundarios repudiaron estas palabras. «Perdió toda la confianza de los estudiantes al salir a amedrentarnos con su declaración», manifestaron en un comunicado.

En la segunda marcha de secundarios, los estudiantes le retiraron públicamente la confianza a Riera  • Jorge Sáenz

A pesar de las amenazas, más de doscientos colegios de la capital estuvieron en la marcha. Las demandas fueron las mismas que hicieron hace un año. Las mismas que también motivaron a la toma de colegios en mayo y que destituyeron a la ex ministra Lafuente. Las mismas demandas que colocaron a Riera en su cargo actual y sobre las que hizo promesas que estudiantes temen que no cumplirá.

A Johana Romero le queda todavía más de un año para terminar el colegio y, al igual que miles de estudiantes del país, tiene un problema esencial: «¿Cómo vas a atender en clase si estás preocupado porque no se te caiga una teja en la cabeza?».