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En una época donde el título de «artista» se encuentra gastado y hasta banalizado, a Mónica Matiauda (Asunción, 1978) le cuesta considerarse como tal, pese a su ya frondosa obra. En su lugar, se refiere a sí misma como una comunicadora visual.

Entre una breve visita a su taller, espacio que comparte con otras artistas, y una tarde pasada por tereré junto con Sofia Hepner en su galería, Matiauda comparte y reflexiona sobre algunos lienzos que son parte de su próxima muestra: Off-side, como un retrato de Sergio Ramos que pintó sin siquiera saber quién era él.

Su sueño es poder captar con sus ojos, tal cual una cámara, todas las instantáneas que llaman su atención cada día. De esa manera piensa la realidad alguien que la referencia y recrea constantemente en sus trabajos. Su fascinación por la imagen ha estado presente a lo largo de toda su vida, a tal punto que jamás se le ocurrió dedicarse a otra cosa. Nunca terminó su carrera de Diseño Gráfico, pero el ida y vuelta entre la pintura —a la que vuelve luego de más de 10 años de inactividad— y la fotografía, es casi su impronta personal.

Mónica Matiauda: de la cámara al lienzo • Juli Torres

¿El interés por lo visual fue algo que tenés desde niña o se desarrolló con los años?
Desde muy niña. Creo que lo primero que agarré en mi vida fue un lápiz. Imaginate que mientras estaba en el jardín de infantes los cumpleaños eran lo que menos me importaba, lo único que hacía era dibujar, dibujar y dibujar. Y de chiquita mi sueño era estudiar animación y trabajar en Disney. En casa me apropiaba de los cuadernos de contabilidad, donde dibujaba mi vida en las hojas en blanco.

Lo mismo en primaria. Mi primer trabajo fueron unas caricaturas para una revista que editaban las monjas del colegio, sobre San Enrique de Ossó.

¿Cuál fue el punto crucial en el cual elegiste a las artes visuales como medio de vida?
Cuando estaba terminando el colegio, pensé en seguir Diseño Gráfico o Arquitectura, ya que tenía un tío que era arquitecto. Pero, ahora que lo pienso, jamás pensé en dedicarme a una carrera más «convencional». Siempre supe que iba a irme hacia el lado creativo. Estudié Diseño Gráfico en la Universidad Católica primero, y en la Americana después. También fui estudiante del ISA. Sin embargo, no terminé ninguna de las carreras.

En 2001 ganaste el Premio Henri Matisse. Luego de ello estuviste en Europa. ¿Cuál fue el impacto que esas experiencias tuvieron en tus trabajos posteriores?
El Premio Matisse lo gané con una instalación artística donde hacía una relación entre el Mayo Francés del 68 con el Marzo Paraguayo, que había sucedido pocos años antes —en 1999. Fue en realidad un trabajo en conjunto con un novio que tenía en aquella época, y constaba de proyecciones sobre lo sucedido en ese marzo, más televisores y fotografías que cruzaban el predio de la Alianza Francesa y llegaban a la calle. Así que se podría decir que yo empecé con la fotografía, que era parte importante de aquella instalación.

«Un premio no te define como artista. Son tus obras y tu trabajo quienes te consagran. Que un jurado le haya dado un premio a una u otra persona no significa que ella sea mejor o peor que vos»

En este caso estoy agradecida y fue crucial para mí porque me otorgó la posibilidad, con 21 años, de conocer París, con todo lo que eso significa. La experiencia de conocer y convivir con artistas consagrados que vivían de su arte, de ahí y de otras partes del mundo, me abrió la mente y otorgó ideas sobre qué quería hacer después.

¿Ahí se gestó esa simbiosis que realizás entre la pintura y la fotografía?
Sí, en Francia. Estando en la residencia de artistas conocí la obra de Gérard Fromager, que me voló la cabeza. Empecé a investigar sobre el tipo, su técnica, y leí mucho al respecto. Él denomina a su técnica como pintura fotogénica, y es la que ahora también utilizo yo, usando fotografías como referencia.

A la vuelta de París empecé a experimentar con esa técnica, que resultó en las primeras pinturas que hice, para el Premio Baviera en 2004.

En otra entrevista señalabas que hubo un momento en el cual abandonaste la pintura y te sumergiste en la fotografía de manera profesional. ¿Cuáles fueron tus motivos?
Realicé una muestra que tuvo mucho éxito, en especial un cuadro, que fue el primero que se vendió. Empezaron a lloverme pedidos para que replicara esa obra y me sentí presionada. Eso hizo que no disfrutara más de pintar, por lo que simplemente abandoné la pintura y seguí con la fotografía, que ya estaba estudiando en ese tiempo. Yo le tengo mucho respeto a la pintura, no quiero tomarla como un trabajo, una obligación. Eso la vuelve estresante y hace que pierda el sentido para mí.

La fotografía estuvo presente toda mi vida. En mi casa siempre hubo cámaras y desde que me acuerdo yo las usaba sola, porque mi papá trabajaba en la empresa representante de Cannon en Paraguay. Mis hermanos mayores tenían mucho interés por la fotografía e imagen, tenían un club de cine en los 80 con otros de sus compañeros del Cristo Rey, y me acuerdo que yo solía estar ahí, viéndolos.

Después de salir del colegio y dejar Diseño Gráfico, armé sola mi laboratorio de revelado —esto es antes de la era digital— en casa. Quitaba fotografías por placer, hasta que llegó Jorge Sáenz. Suya es la fotografía que utilicé para Marcha Campesina, por ejemplo. Él me incentivó también a que deje la pintura y me dedique enteramente a la fotografía. Comencé a hacer ensayos fotográficos. Mi primer trabajo fue Mercado 4, en blanco y negro, para un taller de Jorge.

Ese trabajo lo presenté para ingresar al ICP (International Center of Photography), donde eligen a 50 fotógrafos entre 500 carpetas. Ahí estudié una especialización en fotografía, una especie de masterado: «General Studies of Photography», porque ellos tienen dos carreras bien separadas. «Photojournalism» y «Fine Arts Photography». Seguí la segunda, aunque ahora me arrepiento un poquito de no haber hecho la primera.

¿Por qué afirmás que el fotoperiodismo es esencial como escuela?
Jorge me dijo que si quería ser fotógrafa tenía que meterme a un diario. En el diario entrenás tu técnica, tu mano, tu ojo, tu atención. Ahí, de cualquier forma y bajo cualquier circunstancia tenés que tener la foto, no hay excusas. La fotografía debe describir la noticia, dependiendo del ángulo que se le quiera dar. Es un entrenamiento genial. Estuve tres años en el diario y colaborando para la Associated Press.

¿Y por qué saliste?
Tengo el talento pero no el plus que se necesita. Tenés que estar atenta a cualquier hora y si te necesitan para cubrir alguna noticia, llegar al lugar antes. Para mí es muy estresante. Yo lo había tomado en un primer momento como un desafío. Ya había salido de mi casa, alquilado un departamento. Tomaba todos los trabajos posibles fuera del diario.
Después decidí trabajar para revistas, hacer moda, quince años, casamientos, producciones en general. De eso vivo hoy. Los diarios pagan muy mal.

¿Trabajabas más y ganabas menos?
Hacía horario diario y ganaba sueldo mínimo. Hoy en día hago tres producciones y me pagan el triple de lo que te pagan en un diario.

Preferís definirte como comunicadora visual más que como artista. ¿Qué criterios creés que se deben tomar para considerarse lo segundo?
Para mí la palabra artista es demasiado grande. No es que así nomás te adjudicás la denominación. Si tu obra queda como obra de arte, debe trascender. Claro que es una visión muy personal.

«Como suceso que acontece ahora mismo, estoy muy interesada en el cambio de Asunción como ciudad física. Esa transición donde desaparecen referencias históricas y van surgiendo otras nuevas me parece muy interesante»

¿Entonces tu valorización por tu propia obra te impide llamarte artista?

Claro, por ponerte un ejemplo: hoy existen millones de dibujantes que son excelentes en técnica, pero no son artistas. Warhol hizo las latas Campbell, ahora cualquiera las puede hacer. La diferencia es que lo suyo tenía un mensaje en aquella época.

¿Qué ideas intentás imbuir en tus obras, y para quién las creás?
Es muy intuitivo. No pienso en el propósito de la idea, o para quién. A quien le guste, genial. Pero creo que yo me estoy hablando a mí, aunque una obra siempre termine en la visión del otro.

La reacción del espectador es parte de una obra, pero no es algo que se pueda dirigir o no. Se puede escribir algo totalmente diferente a lo que yo quise decir, y me parece fascinante eso. Otra cosa es que se influya esa mirada con algo que escribió o pensó otra persona ajena a mi obra. Debería ser libre, a mi entender. Yo ya no soy dueña de eso. Una vez que mi obra está terminada, es del universo.

Me gustaría vivir de la pintura siempre y cuando eso no comprometa los tiempos de trabajo que le dedico a cada obra.

¿Cómo le hace Mónica Matiauda para vivir de su producción creativa y no morir en el intento?
Con perseverancia y responsabilidad. Trabajando sin excusas. Cuando tenés que vivir de esto no podés esperar a la inspiración. Si esta te llega tiene que encontrarte ya trabajando.

Esto se aplica a la fotografía —que es de lo que vivo actualmente — y también se aplica a la pintura, que me encantaría vivir de eso, si al hacerlo respetara mi ritmo de trabajo.

Por ejemplo, la idea de esta muestra —Off-side— surgió hace dos años, y podría haber hecho una serie de diez cuadros al mes y presentarla mucho antes, pero mi interés no pasa por ahí. Quiero otorgarle el tiempo necesario a cada cuadro y que cada cuadro sea y se sienta especial. Para lo otro ya tengo mi trabajo de fotógrafa. Pero no quiero que la pintura se vuelva una especie de obligación a realizar porque sí o sí tengo que pagar mi alquiler. Me gustaría vivir de la pintura siempre y cuando eso no comprometa los tiempos de trabajo que le dedico a cada obra.

¿Cómo circula tu trabajo como pintora?
Sigue siendo a través de las galerías donde he realizado mis muestras y mediante los clientes relacionados a ellas, los cuales son todos locales. Ahora que estoy volviendo a la carrera me gustaría realizar alguna exposición en Buenos Aires o en New York. Si una posibilidad así sucede sería dedicarme exclusivamente a la pintura de vuelta, recalcando el ideal de poder dedicarle el tiempo suficiente a cada obra.

Detalle de una obra parte de la serie Off-side

¿Dejarías la fotografía?
Dejaría la fotografía comercial. Seguiría con proyectos relacionados a la fotografía artística, como así también para la utilización de ésta como inspiración en mis cuadros.

Como reportera gráfica trabajaste mucho en canchas de fútbol. ¿Cuál fue tu experiencia en ese ambiente?
Fue una experiencia que me marcó. Imaginate que yo no tenía idea de nada sobre fútbol y ahora me conozco hasta las estrategias y tácticas del juego porque era parte de mi trabajo, algo con lo que convivía día a día, porque esa clase de detalles debías aprenderlos por tu cuenta.

Cuando llegabas al partido ningún colega tenía tiempo para explicarle a una «nena» por qué todos los reporteros estaban apuntando hacia tal punto. Lo comprendí sobre la marcha. Todos apuntaban hacia tal lugar cuando la pelota se encuentra en otro sitio porque el árbitro hizo un gesto o marcó una falta. Son cuestiones que nadie me explicó. Fue trabajo de campo, literalmente.

¿Y por qué el fútbol como concepto de tu próxima muestra?
El fenómeno del fútbol es único. Une razas, sobrepasa ideologías y diferencias. Lo que se siente en el fútbol se puede extrapolar a la vida. Cuando pinté a Sergio Ramos, la importancia no era Sergio Ramos sino qué estaba diciendo ese cuadro y porqué. Elegí esa cara y le dí vida, porque pensé que estaba contando algo. Lo mismo con las demás. Creo que cada una de las pinturas cuenta un estado de ánimo o emoción que incluso alguien fuera del fútbol puede entender.

La exposición no es solo sobre fútbol, sino de éste como un medio para contar algo más.

Mónica dice que es olimpista de familia, pero que le impresiona la pasíon del fútbol más allá de los colores

¿Sos de algún club?
Olimpia. De familia. Pero no importa qué equipo esté jugando, en el momento que entrás a un estadio es impresionante la pasión. Cuando las gradas están llenas y una se encuentra ahí abajo, no te imaginás cómo retumba. Ahí te das cuenta también de la importancia del hincha para los jugadores en lo referente a lo anímico. Genera piel de gallina.

Y es contagiante. En partidos de la Albirroja, por ejemplo: el gol de Paraguay contra Argentina, vos tenés que tener la foto de dicho gol y se te complica porque estás eufórica. Situación que me sucedía por principiante. Es una locura.

Hablaste de ser parte de una generación que mal o bien pudo vivir de su arte. ¿Cuál es el desafíos de las próximas generaciones para una producción y valorización de obras de calidad en Paraguay?Tomar en serio lo que están haciendo y no quedarse en conceptos prefabricados. Si ellos quieren ser fotógrafos, deben darse cuenta de que eso va más allá de tener una cámara último modelo y agarrarla; uno debe ser un comunicador, un esteta. Esto se extrapola a todo lo que se refiera en artes visuales, al menos, empezando por la pintura.

Tenés la obligación de formarte, de estar al palo, estar al tanto de todo lo que sucede. Ver lo último en películas, música, libros, internet... por más que no te guste, tenés que ver, darle una oportunidad. No hay que cerrarse. De todo uno puede aprender.

«Que el archivo de lo que sucedió [en el Marzo Paraguayo] haya venido de tus ojos es algo muy importante, en especial en un país donde se olvida muy rápido»

Decís que necesitás una referencia siempre a la hora de encarar tus obras. ¿Podemos decir que tienen un fuerte componente de realidad?
De mi realidad en el momento en que las hago, sí. Mi visión de la realidad, la que puede cambiar posteriormente. Son muy figurativas. Lo abstracto no es lo mío.

Para plasmar cualquier idea que yo quiera decir, siempre termino recurriendo a figuras entendidas por todo el mundo. Usar lo existente para resolverlo, para contar otra cosa.

Mónica Matiauda • Juli Torres

¿Qué suceso histórico o artístico te hubiera gustado registrar, ya sea con la lente o el pincel?

Como reportera gráfica me hubiese gustado estar cuando el incendio del Ycuá Bolaños. No por el hecho en sí, porque fue muy fuerte y triste lo que sucedió, sino por la oportunidad de mostrar las cosas como fueron. O en el Marzo Paraguayo. Cuando sucedió yo era muy chica.

Recuerdo que en un momento me escapé de mi casa y fui a dar agua a la gente que se apostaba en la plaza. Pero era una locura. Pero que el archivo de lo que sucedió en aquel momento haya venido de tus ojos es algo muy importante, en especial en un país donde se olvida muy rápido.

Como suceso que acontece ahora mismo, estoy muy interesada en el cambio de Asunción como ciudad física. De pocos años atrás a hoy, zonas como Santa Teresa o el centro ya no son lo que eran. Esa transición donde desaparecen referencias históricas y van surgiendo otras nuevas me parece muy interesante. Creo que por ahí irá lo próximo que haré en pintura.