A Ada Báez1, el comisario le dijo que no podía hacer nada con Luis Balbuena, el hombre que fue violento con ella cuando eran pareja. Había pasado ya un tiempo de aquello y —según el policía— su testimonio serviría como antecedente, pero no se podría hacer mucho más. Pero cuando apareció otra víctima del mismo hombre, ni el antecedente ni la reincidencia sirvieron. Ada se enteró que la mujer retiró la denuncia días después.

Nada de lo que hacía estaba bien para él. Tratarla de «puta» empezó a ser habitual. Las amenazas y los golpes después de algunas discusiones, también. Sus amigos se enteraron del maltrato que sufría una noche en que Balbuena llegó a su casa sin avisar. Entró a la habitación de Ada mientras los demás estaban en la sala, la sacó de la ducha y comenzó a insultarla y agredirla físicamente. Ella pidió ayuda, hasta que uno de sus amigos consiguió separarla de él y sacarlo del departamento.

Ada siempre creyó que podía ayudar a Luis a cambiar. Pero él no cambió. La última vez que se vieron, escapó corriendo de la casa de él con la cara ensangrentada. «Me subí a un colectivo que pasó y le dije al chofer: “por favor, llevame a mi casa”. Ni siquiera sabía en ese momento dónde estaba mi casa», cuenta.

Los números de una epidemia

Establecer una estadística de cuántas mujeres son violentadas no es sencillo, dice Myrian González, especialista en temas de género. «Se tienen datos y registros diversos que no permiten tan siquiera una aproximación a la dimensión de la violencia de género y contra las mujeres en Paraguay», cuenta.

Las cifras que sí existen son graves. En 2015, el 70% de las 9.600 denuncias presentadas ante la Fiscalía por violencia familiar fueron casos de violencia machista. En la Policía, el 86% de estas denuncias fueron hechas por mujeres. También fue un 86% de mujeres quienes denunciaron violencia en los juzgados de Paz, donde se recibieron más de 5.000 denuncias. El 40% de ellas declaró haber sufrido violencia física, y el 55% violencia sicológica.

«Se tienen datos y registros diversos que no permiten tan siquiera una aproximación a la dimensión de la violencia de género y contra las mujeres en Paraguay», cuenta «Myrian González, especialista en temas de género.

La falta de un tipo penal para calificar y castigar al feminicidio impide contabilizar cuántas paraguayas son asesinadas cada año a manos de sus parejas o exparejas. Hasta agosto de este año, la prensa registró al menos 12 casos de feminicidio. La Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay documentó al menos 37 mujeres asesinadas por sus compañeros o excompañeros sentimentales en 2014. Estima que cada nueve días una mujer es asesinada por violencia machista en el país.

Según Myrian González, tipificar el feminicidio hará que se identifique un problema que suele ser invisible y tratado por la Justicia y los medios de comunicación como un «crimen pasional», un asunto privado. «La perspectiva de la violencia de género permite ver que el agresor ejerce poder sobre su víctima, y que esta no cuenta con la protección que el Estado le debe proveer», afirma.

Un grupo de mujeres representó Las lloronas, como forma de repudio y duelo por los feminicidios que ocurren en el país y en la región. Fue en la marcha internacional #NiUnaMenos que en Asunción se realizó frente al Panteón de los Héroes el pasado 19 de octubre • Jessie Insfran Pérez

Lo que pasa en privado es un problema público

Mariana Brítez también hizo una denuncia pública sobre la violencia que había sufrido con Carlos Vera. Sin dar nombres ni apellidos, relató en su perfil de Facebook los insultos, el aislamiento y los ataques de los que fue víctima durante dos años en esa relación. En esos días, Mariana recibió muchos mensajes. Entre ellos, uno de Carlos. Le preguntaba, en tono inquisidor, cuándo recordaba que él le haya levantado la mano. Carlos era incapaz de reconocer que su forma de tratar a Mariana también era violencia, aunque no dejara cicatrices en su cuerpo.

«Hay quien piensa que los hombres que militan en organizaciones de izquierda tienen mente abierta y no van a ser machistas. Pero lo único que diferenciaba a Carlos de un machista de derecha es que él decía “Hola a todos y todas”», cuenta Mariana. Carlos nunca intentó pedir disculpas. Se limitó a justificarse.

En algunos mensajes que Mariana recibió a raíz de la publicación, le preguntaban con insistencia por qué aguantó, por qué no dejó a Carlos. Otro síntoma del machismo arraigado en la sociedad paraguaya: la víctima es, si no la culpable, al menos responsable en parte de la violencia que sufre.

Los amigos de Ada Báez siempre le dijeron que la apoyaban, que no estaba sola. Pero todo cambió el día en que denunció públicamente a Luis Balbuena.

Fue en un concierto donde ella tocaba con su banda. Micrófono y guitarra en mano, Ada contó lo que él le había hecho pasar. Dio su nombre y apellidos. Entre la gente estaban varios amigos de Luis. Algunos contaron en las redes sociales lo que Ada había confesado en el escenario, sin ninguna solidaridad. Se burlaron de ella. Tal vez se merecía lo que le había ocurrido, dijeron.

Según la ministra de la Mujer, Ana Baiardi, existe un «inmenso subregistro» de las denuncias por violencia hacia las mujeres. «Por cada mujer que denuncia maltrato sicológico en Paraguay, hay nueve que no lo hacen. Por cada mujer que denuncia maltrato físico, hay dos que no lo hacen», dijo a fines de 2014.

Romper el círculo de violencia machista que sufren las mujeres es difícil. Por lo general, no reciben apoyo del Estado cuando se animan a denunciar. O dependen económicamente de sus agresores. Esto explica que solo el 20% de las víctimas de violencia presenten su caso ante una comisaría, un juzgado o la fiscalía.

Ada cree que es fundamental escrachar, aislar y prohibir el acceso a ciertos lugares a su ex. La violencia machista debe dejar de verse como un asunto privado, dice. «Es un problema público, en el que quien no interviene para defender a la víctima se convierte en cómplice del agresor».


  1. El nombre real ha sido cambiado a criterio editorial