Maximiliano Manzoni

Las mujeres que cuidan cuando las mujeres se tienen que ir

Miles de madres paraguayas se ven obligadas a migrar y cuidar a familias en Argentina y España, mientras otras mujeres deben cuidar a sus hijos.

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A los 9 años, Verónica aprendió a hacer videollamadas. Como muchas familias, pasaba horas con su abuela en los cybercafés asuncenos de principios de los 2000 conversando con el rostro pixelado de Margarita, su mamá, una de las miles mujeres que emigró a España en esa década.

Para 2003, la pobreza afectaba a la mitad de la población y miles de personas formaban interminables filas frente al Departamento de Identificaciones buscando conseguir pasaporte para partir en busca de trabajo a Europa. Fue la diáspora migratoria más acelerada de la historia del país. De 7000 migrantes paraguayos viviendo en España en 2004, se pasó a más de 82.000 en 2009.

En 2007, el 70% de los migrantes de Paraguay a España eran mujeres. El 90% se dedicaba allí al trabajo doméstico. Más de la mitad eran madres. Mujeres que cuidaban a ancianos o hijos ajenos mientras tenían que dejar a los suyos con otras mujeres, a miles de kilómetros de distancia. Madres como Margarita.

Las abuela memby son la parte más reconocible de una cadena de cuidados familiar en la que las madres se apoyan para poder trabajar o estudiar.

Margarita viajó a cuidar niños hace diez años. Verónica quedó a cargo de sus abuelos. Principalmente de su abuela, que es ama de casa y fue quién la crió. «Hasta ahora yo le digo a mi abuela “mamá” y a mi mamá “mami”», dice Verónica. Similar es el caso de Niurka Colmán, que se quedó con su abuela en la misma época cuando su madre se fue a Asturias, donde cuida hoy a una persona con discapacidad.

Tanto Niurka como Verónica son lo que comúnmente en Paraguay se conoce como abuela memby, hijo o hija de su abuela en guaraní. Las abuela memby son la parte más reconocible de una cadena de cuidados familiar en la que las madres se apoyan para poder trabajar o estudiar. La figura del “hijo mimado” por la abuela es tan popular que figura en canciones, como la del músico local, Quemil Yambay. Si bien la abuelización de la crianza se hizo explícita con la migración campo-ciudad primero, y la migración a Argentina y a España después, un informe de ONU Mujeres señala que tales migraciones no precisamente produjeron nuevas pautas de crianza o reglas familiares, “sino más bien podría estar basándose e incluso solidificando una práctica ya instalada”.

El acuerdo entre las madres que migran y las abuelas que se quedan a cargo de sus nietos y nietas es el de intercambio de cuidados por recursos: las remesas. Este pacto es muy importante si se tiene en cuenta que las remesas son, de los cuatro principales ingresos del país, el único que se reparte entre la mayoría de la población.

El acuerdo entre las madres que migran y las abuelas que quedan a cargo de sus nietos y nietas es el de intercambio de cuidados por recursos: las remesas.

La principal fuente de remesas la generan las migrantes desde España, mujeres que se fueron durante la crisis económica del 2003. Todos estos años, de estas remesas dependieron miles de familias paraguayas, como la de Niurka Colmán o la de Verónica. Dichos ingresos influyeron decididamente en la recuperación económica del país, “Las remesas permitieron incluir a miles de personas en los sistemas financieros formales que abrieron las puertas a nuevos servicios y opciones de financiamiento“, señala un artículo firmado por la consultora del ex ministro de Hacienda, Manuel Ferreira Brusquetti.

Madres que pueden volver, madres que no

Las migrantes a España fueron “como nuevas y forzadas seudo residentas, mujeres que dejaron de residir acá”, dice el antropólogo Nicolás Granada, uno de los realizadores del documental Distancias de Gua’u, que trata sobre la experiencia de exiliados paraguayos en Madrid.

Pero hay diferencias entre las mujeres que migran a Argentina con las que lo hacen a España, dice el investigador Patricio Dobrée, autor de varios estudios referentes a migración y trabajo doméstico en Paraguay. Aunque la migración a Argentina sigue siendo más masiva, es una migración circular. “Implica que fácilmente las mujeres pueden volver a realizar las tareas de cuidado que dejaron a cargo de otra persona cuando migraron, como ante una situación crítica: la enfermedad de un hijo, la invalidez de una madre. Estas mujeres pueden regresar a sus lugares de origen”, señala el investigador.

Para las migrantes en España es más complicado, “por razones geográficas y de costo, es mucho menos posible que puedan volver en caso de una emergencia de cuidados familiar” dice Dobrée. Esta situación trae nuevos desafíos para las familias de esas mujeres.

Es el caso de la familia de Verónica, y la de Niurka Colmán. También es el caso de Micaela Martínez, otra abuela memby cuya madre viajó a España. La abuela que la cuidó tiene 71 años.“Con esa edad ya necesita alguien que la ayude en la despensa que tiene”, dice Martínez.

Micaela Martínez es otra abuela memby. La abuela que la cuidó hoy tiene 71 años y es ella ahora quién la cuida. Sin embargo, como es universitaria, contrató a Graciela como doméstica. Graciela a su vez tiene una hija de 2 años, que en ausencia de su madre, es criada por su abuela  • Juan Carlos Meza / Fotociclo

Dobrée dice que la imposibilidad de que la migrante vuelva a Paraguay implica varios problemas en la cadena de cuidados. “Los hijos que se quedaron en el país van creciendo y se convierten en adolescentes, lo cual conlleva más desafíos para la abuela que quedó a cargo. Y el hecho de que esas abuelas son personas que envejecen, que tienen problemas de salud y limitaciones. Son personas que también necesitan y tienen derecho a ser cuidadas. Derecho que no pueden ejercer muchas veces”, reflexiona.

La ausencia de su madre implica que ahora sea Martínez quien tiene que cuidar a la mujer que la cuidó de niña. Pero ella a su vez es estudiante universitaria. Entonces, contrataron a Graciela como trabajadora doméstica y para que ayude en la despensa.

Graciela tiene una hija de dos años. La cuida su abuela para que ella pueda trabajar.

La cadena de cuidados que permite a las madres estudiar

Miles de mujeres quieren ir a la universidad, pero se necesitan unas a otras en un sistema que las discrimina si cumplen con el rol más glorificado del Paraguay

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A Clara Guillén le negaron rendir un examen en la carrera de Derecho porque llevó a su hija pequeña a la facultad. «Venga a estudiar cuando termine de criar a sus hijos», le dijo Concepción Sánchez, profesora de la Universidad Nacional de Asunción (UNA). Era mayo de 2016. Bethania Ruiz Díaz, estudiante de la misma facultad, corrió similar suerte cuando fue a clases acompañada de su bebé de meses en febrero de este año. María del Mar Pereira, la docente que la echó, le dijo que el sitio «no es una guardería sino una universidad» y que busque con quién dejar a su hijo. «Yo no pude contestar porque me dejó atónita, me sentí impotente y menospreciada», dice Ruiz Díaz.

Aunque las docentes fueron apartadas de sus cargos cuando los casos se hicieron públicos, Guillén y Ruiz Díaz, como muchas otras madres universitarias, se enfrentan cotidianamente a un sistema que vanagloria a las madres, pero que es hostil con las que quieren estudiar.

Lo sucedido con las dos estudiantes madres hizo que el centro de estudiantes (CE) de su facultad impulse la creación de una guardería. Pero el proyecto no prosperó. Según Alejandro Koopmann, miembro del CE, la propuesta fue eliminada cuando el presidente Horacio Cartes vetó la ampliación presupuestaria necesaria, junto con todo el resto del presupuesto general de 2017.

La cada vez más amplia participación de las mujeres en el mercado laboral en toda Latinoamérica no ha cambiado una situación: el rol de cuidado de los hijos y las actividades de hogar —históricamente asignado a ellas— sigue siendo suyo. Cuando no son las madres, son las abuelas, tías o hermanas las que ejercen lo que se conoce como «trabajo no remunerado».

Las paraguayas dedican más de la mitad de su tiempo a este tipo de trabajo, según una encuesta de uso de tiempo de la Dirección General de Estadísticas, Encuestas y Censos (DGEEC). Más del doble de horas que los varones, en general, o casi cuatro veces más en actividades domésticas. Estas brechas son mayores a las que tienen países como Argentina y Uruguay.

La creciente incorporación de las mujeres al mercado laboral en toda Latinoamérica no ha cambiado una situación: el rol de cuidado de los hijos y las actividades de hogar, históricamente asignado a ellas, sigue siendo suyo.

«La ilusión de que el trabajo asalariado iba a liberar a las mujeres no se ha producido», dice en una entrevista Silvia Federici, escritora y activista feminista. «Ahora las mujeres tienen dos trabajos y mucho menos tiempo para, por ejemplo, luchar, participar en movimientos sociales o políticos”, afirma. O estudiar. A esta situación se la conoce también como «doble carga laboral». Mujeres que aparte de su trabajo y estudios tienen que atender la casa, cuidar a sus hijas, sobrinas, nietos.

Cristina Moreno Re, de 25 años, es estudiante de cuarto año en la carrera de Psicología de la UNA, vendedora en un shopping capitalino y madre de Gaspar de 5 años. «Cuidar hijos es un trabajo que cansa, un gasto de energía», dice. Pero a los ojos de sus compañeros de trabajo, «las mujeres no nos podemos cansar de cuidar a nuestros hijos», cuenta Moreno.

Ella trabaja en promedio 42 horas a la semana, por lo que el cuidado de su hijo exige un intrincado cronograma que se reparten entre ella, el padre de Gaspar, de quien está separada, y, sobre todo, las casas de las abuelas paterna y materna. Ella se considera afortunada de todas formas. Desde que Gaspar va al preescolar, tiene un mejor horario para toda la familia, puesto que al menos Moreno puede acompañarlo todos los días a la escuela. Esta situación es un privilegio en Paraguay, donde solo tres de cada diez niños acceden a la educación preescolar.

Mientras intenta recibirse de psicóloga, Cristina Moreno Re (25) trabaja como vendedora en un shopping, que le exige estar fuera de su casa incluso los fines de semana • Juan Carlos Meza

Que Gaspar vaya al preescolar le permite también dedicarse a terminar su carrera. Pero en la Facultad de Filosofía de la UNA tampoco existen alternativas para las madres de hijos pequeños. «Los docentes generalmente permiten a los niños ingresar a las aulas. La exigencia de contar con guarderías se realiza todos los años pero alegan siempre que no contamos con presupuesto», dice Jazmín Coronel, vicepresidenta del centro de estudiantes de esa facultad. Aunque no existen datos sobre la cantidad de estudiantes que abandonan sus estudios debido a maternidad, Coronel afirma que son muchas las que lo hacen para cumplir con el rol de ser madres.

La situación de las madres estudiantes de universidades privadas no es diferente. Romina Moreno Re, de 24 años, hermana de Cristina, estudia Veterinaria en la Universidad Columbia. Fue a parir luego de haber rendido un examen. Tener a su hija Alicia le costó el derecho a prórroga a otras pruebas, algo que necesitaba debido a su maternidad. «Según ellos [las autoridades de su facultad], hice tarde el pedido”, cuenta.

Como Cristina, Romina Moreno también se sostiene en su madre para cuidar a su hija, que ahora tiene 1 año y ocho meses. «Mi mamá trabaja como vendedora. Es una de esas personas que hace esfuerzo por no enfermarse. Si ella o mi hermana no pueden, la cuida mi marido. Él está, pero no como yo estoy: 20 horas al día”, dice. La diferencia en cantidad de tiempo que le dedican mujeres y varones se ve reflejada hasta en los permisos laborales de maternidad y paternidad en Paraguay. Las madres tienen derecho a 18 semanas de permiso, mientras que los padres lo tienen para dos semanas.

Para cuando Romina Moreno Re (24) se convirtió en madre, ya tenía experiencia de sobra: había ayudado a su hermana cuidando de Gaspar, su sobrino, durante años • Juan Carlos Meza

Romina, que trabajaba en la producción de eventos sociales, por ahora solo estudia. La maternidad cambió también otros aspectos de su vida. «Ya no te invitan a salir. O te piden que vayas con tus hijos. Si salís sola te preguntan con quién los dejaste. Eso es algo que a los hombres no se les pregunta», dice. «Yo quiero fumar, por ejemplo. Y si estoy con mi hija no puedo».

Si el acceso a la educación preescolar es bajo, los servicios de cuidado infantil para la población de 0 a 4 años tienen cobertura limitada y son casi inexistentes. La Secretaría de la Niñez dice no disponer de datos al respecto.

En el Congreso se encuentra un proyecto de ley que fue presentado por el diputado Hugo Rubín a raíz de lo ocurrido en Derecho UNA. Este proyecto haría obligatorio el financiamiento público a guarderías en institutos de educación superior privados y públicos. Pero desde diciembre de 2016 está a espera de la aprobación de cinco comisiones de Diputados para ser tratado.

Ramona «Romy» Re de Moreno «es de las personas que hace esfuerzo por no enfermarse» dice Cristina, su hija. «Ella lleva la batuta en la casa» • Juan Carlos Meza

Como «la provisión de servicios de cuidado infantil no ha llegado a configurarse todavía como un derecho social», dice la socióloga Karina Batthyány, las mayores dificultades las encuentran mujeres de bajos y medianos ingresos, quienes al no poder acceder a estos servicios, deben decidir entre trabajar y estudiar, como Bethania Ruiz, o tienen que apoyarse en otras mujeres de la familia. Así lo hacen Cristina y Romina Moreno Re entre ellas. Con sus madres, con sus cuñadas, con sus suegras, van tejiendo una cadena de cuidados.

Los docentes que resisten a la violencia en el norte de Paraguay

En medio del conflicto entre criminales, militares y narcos, hay maestros y maestras que intentan salvar a sus comunidades.

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En algunas comunidades de Concepción, uno de los departamentos más pobres de Paraguay, usar casco es sospechoso. Para las maestras y los alumnos que necesitan llegar hasta sus escuelas, especialmente en las zonas rurales del país, las motos son tan necesarias para la educación como los lápices y cuadernos. Pero en Concepción no pueden usar casco. Solo los sicarios los usan, dicen los pobladores.1

En las localidades de Yby Yaú o Arroyito, a 350 kilómetros al norte de Asunción, es común ver a niños y adolescentes uniformados que van en motos a sus escuelas sin protección. Pero ese es solo uno de varios riesgos a los que se enfrentan.

En agosto de este año, un congresista paraguayo recomendó rociar con napalm el norte del país para eliminar al Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP), un grupo criminal armado que ha sido acusado de secuestros, atentados y muertes. Dos meses antes, otra congresista, miembro de la comisión de Derechos Humanos del Senado, había sugerido algo similar: bombardear la zona aunque en el proceso «deban morir inocentes». Lo que no dicen los legisladores es que la violencia que se asocia al norte hoy en día va de la mano con otra característica de los departamentos como Concepción: el sistemático abandono del Estado al que han sido sometidos a lo largo de décadas.

Durante la dictadura de Alfredo Stroessner, Concepción fue aislada por ser de tradición liberal, una corriente de oposición al régimen. Y poco ha cambiado en democracia. Hoy, el 37 % de la población del departamento vive con menos de dos dólares al día, a pesar de ser productor del segundo rubro más rentable del país: la ganadería. Es terreno de disputa de narcotraficantes, escenario de asesinatos irresueltos a intendentes y dirigentes campesinos y, desde hace más de 10 años, se ha convertido en zona de influencia del grupo criminal armado EPP. Este último se ha ganado la atención y una respuesta inequívoca de las autoridades: la militarización del norte del país.

La Calle 18 une en 15 kilómetros la ruta 3 con el asentamiento de Arroyito • Juan Carlos Meza

Más allá de los grupos armados, los sicarios, el narcotráfico, los militares, la falta de acceso a servicios básicos y el avance de un modelo económico que los excluye, un grupo de docentes —los inocentes que «podrían morir» según el plan de los congresistas—,trabajan en sus comunidades para seguir ofreciendo la posibilidad de educar a niños y niñas de la zona.

Para obtener su título de maestra, por ejemplo, Perla Rodríguez tuvo que viajar en moto, sin casco, todos los días durante cinco años casi 50 kilómetros hasta Horqueta, ciudad aledaña, porque no había dónde estudiar en el pueblo donde nació. Rodríguez, que es licenciada en Ciencias de la Educación y coordinadora de mujeres y jóvenes de la Organización Campesina Regional de Concepción (OCRC), ubicada en Yby Yaú, cuenta que ese es el primer problema de ser docente en el norte de Paraguay: «Llegar a tener el título, con el sacrificio que esto significa, empezando por terminar el colegio».

Más allá de los grupos armados, los sicarios, el narcotráfico, los militares y el avance de un modelo económico que los excluye, un grupo de docentes trabaja para seguir ofreciendo la posibilidad de educar.

Ella, de hecho, dejó el colegio cuatro veces y lo terminó recién a los 35 años. Luego, decidió estudiar en una universidad privada con el sueño de poder enseñar Ciencias Sociales. Pero pensó en abandonar la carrera cuando el 14 de agosto de 2013 su amigo Lorenzo Areco fue asesinado por sicarios en plena ruta. Areco, parte también de la OCRC, es uno de los 115 dirigentes campesinos asesinados o desaparecidos documentados desde 1989, según el informe de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy). Era secretario de catastro de la Municipalidad de Yby Yaú, donde trabajaba en identificar las tierras malhabidas, término con el que en Paraguay se conoce a las tierras públicas que debían ser destinadas a la reforma agraria pero que fueron entregadas a parientes y amigos del dictador Alfredo Stroessner.

«El asesinato de Lorenzo me dio mucho miedo, porque yo llegaba de noche a mi casa. Tuve que cambiar todos mis horarios», cuenta Rodríguez. Ser maestra y defender los derechos de los pobladores en el norte de Paraguay puede ser letal. Como andar en moto sin casco. Como andar en moto con casco.

Abandonados a la tierra roja

Al igual que Perla Rodríguez, Marciano Jara trabaja como docente en su comunidad. Vive en Arroyito, a 40 kilómetros de Yby Yaú. Solo para llegar, hay que atravesar un camino de 15 kilómetros de tierra roja que pareciera salido de un circuito del Dakar, con sus dunas, subidas y pozos ocasionados por la erosión. Son aproximadamente 40 minutos de un viaje que con su polvareda irrita los ojos, dificulta la respiración y deja surcos en los zapatos, en las camisas y en la piel.

Jara, además de profesor, es uno de los dirigentes del asentamiento de Arroyito, que se encuentra dentro del distrito del mismo nombre. Los asentamientos en Paraguay son tierras ocupadas por campesinos, generalmente públicas o malhabidas. Arroyito proviene de la primera ocupación hecha en democracia en el año 1989.

Jara es un hombre que cuida bien sus palabras. Es comprensible. Su compañero y también líder campesino, Benjamín Lezcano, fue ejecutado por sicarios en su propia casa en 2013. Lezcano se oponía al avance del cultivo de soja en Concepción. Hasta hoy no se sabe quiénes lo mataron, o quiénes lo mandaron a matar.

Luego de dos décadas de sobrevivir a la represión estatal, lidiar con interminables negociaciones para conseguir títulos de propiedad sobre sus tierras y con la violencia de diferentes grupos, Arroyito es uno de los últimos lugares donde existe un modelo de producción agrícola alternativa en Concepción. Sus escuelas también plantean un sistema distinto de enseñanza, como es el caso de la escuela Monseñor Maricevich.

En el pilar central del corredor que une sus aulas, se lee en un cartel: «Educación de contexto: No todas las escuelas son iguales o deben ser iguales, porque el contexto es diferente».

«Educación de contexto» es un término que se repite mucho en las conversaciones con varios maestros de allí. «El Ministerio [de Educación] solo piensa en un modo de enseñar, cuya formación quizá sirva para la ciudad, pero no para el campo», dice el vicedirector Neder Gómez.

En la escuela Maricevich alumnos aprenden a cultivar en la huerta comunitaria • Juan Carlos Meza

Las escuelas de Arroyito están aisladas. La falta de caminos y transporte público trae problemas tanto para llegar a dar clases en días de lluvia como dolores lumbares o problemas de próstata para quienes diariamente deben ir en moto. Tampoco tienen el apoyo pedagógico ni la infraestructura mínima para poder funcionar.

«Acá las escuelas las crean y construyen las comisiones de padres o algunas ONG como la Fundación Fe y Alegría. El Ministerio de Educación solo las certifica. Cuesta que manden materiales didácticos. Los docentes tenemos que comprar. Todo es autogestionado», cuenta Gómez.

«El Ministerio de Educación solo piensa en un modo de enseñar, cuya formación quizá sirva para la ciudad, pero no para el campo», dice Neder Gómez, vicedirector de Escuela Maricevich.

Las escuelas de la Fundación Fe y Alegría, creada por sacerdotes jesuitas, reivindican la educación popular y la formación agrícola. «Si vivimos en una comunidad de agricultores, debemos enseñar a los chicos a usar la tierra», dice Gómez. Esto trae conflicto con el Ministerio, que según denuncian algunos maestros, prioriza a las escuelas que siguen el programa oficial para proveer almuerzo escolar o presupuesto para docentes. «Nuestro sueño es tener un profesor de inglés», dice una maestra de quinto grado.

El derrumbe de la educación

En la escuela Maricevich, el MEC dejó un baño a medio terminar hace diez años. «Vinieron, lo empezaron y lo dejaron así. No se puede usar», dice Gómez. Tampoco tienen sistema de agua potable propio. Casi todos los días, los alumnos tienen que traer sus botellas para consumo y aseo.

El Gobierno creó en 2012 el Fondo Nacional de Inversión Pública y Desarrollo (Fonacide) para la construcción y el mantenimiento de escuelas a lo largo del país, especialmente para las ubicadas en «contextos vulnerables».

Horqueta, municipio donde está Arroyito, recibió de Fonacide casi un millón de dólares entre 2012 y julio de 2016. Yby Yaú, más de quinientos mil dólares. La incapacidad de las municipalidades para gestionar y regular tanto dinero ha impedido que las necesidades de las escuelas sean atendidas a tiempo y en forma. Además, intendentes de varias ciudades fueron imputados por malversar estos recursos.

La motocicleta es tan necesaria para la educación en el norte de Paraguay como los lápices. Aquí, el estacionamiento de la Escuela 12 de Abril de Arroyito • Juan Carlos Meza

Pero el desfalco más escandaloso no lo protagonizó una municipalidad. Una investigación periodística reveló que el Ministerio del Interior y el Ministerio de Defensa utilizaron el dinero de Fonacide para comprar armas. Mientras, las escuelas se han convertido en trampas mortales. En lo que va de 2016, se derrumbaron en todo el país dos escuelas por mes. Techos y paredes cayeron sobre estudiantes mientras daban clase.

En la escuela Maricevich, entre la tierra roja y las construcciones sin terminar, maestras y alumnos siguen dando lecciones a pesar de todo. No hay docente sin los zapatos bien lustrados. O estudiantes sin la camisa, pantalón o pollera bien planchados.

Acosados por el EPP, acusados por el Gobierno

Arroyito también se encuentra en medio del fuego cruzado entre el Ejército del Pueblo Paraguayo (EPP) y la presencia de la Fuerza de Tarea Conjunta (FTC). Esta última es la única respuesta del Gobierno a la violencia del grupo criminal armado. Fue establecida por el presidente Horacio Cartes en 2013 con un decreto que militariza y suspende libertades individuales en el norte del país. Está integrada por mandos militares, policiales y antidrogas.

En el festejo de los 10 años de la Cooperativa de Educadores Tekosa’y (en guaraní, una vida sin ataduras) formada por 37 docentes de Arroyito, se comparten cervezas a la sombra de árboles de guatambú y cumbias románticas desafinadas por los presentes. Ahí, además de Marciano Jara, se encuentra Daniel López desde el mediodía, quien es maestro de escuela básica. Él fue amenazado de muerte por el EPP tres veces.

«A mí me molesta que digan que acá todos somos de ese grupo armado; siendo que nosotros somos víctimas de ellos también», dice. En Arroyito, el EPP es simplemente el grupo armado. «A mí me marcaron porque yo estaba en desacuerdo con lo que ellos hacían», relata.

López abandonó Arroyito y se exilió en Asunción. Volvió un año después, pero solo, dejando a su familia en la capital. Vivió casi un año escondido en su casa, con las luces apagadas todo el día y solo saliendo para ir a enseñar. «Yo soy de esta comunidad desde el principio, este es mi lugar. Si me van a matar que sea acá», dice.

El EPP es en la ciudad como un fantasma lejano, que aparece de vez en cuando en los títulos de diarios y los discursos políticos. En el campo, es un fantasma mucho más real. Las muertes atribuidas al EPP ya suman más de 60, entre los que se encuentran civiles. Cuarenta de ellas sucedieron desde la creación de la Fuerza de Tarea Conjunta. Una por mes. El último atentado que se les adjudica fue el 27 de agosto de 2016 en Arroyito, donde murieron ocho militares. El ataque se dio días después de que la Fiscalía confirmara que se utilizó equipo de inteligencia de la FTC para espiar a una periodista que investigaba casos de corrupción en las fuerzas militares. En esos días, también el Congreso se preparaba para debatir acerca de la efectividad de la FTC.

Camiones militares recorriendo es una imagen recurrente en la zona • Juan Carlos Meza

La Fuerza de Tarea Conjunta tiene un presupuesto de más de 25 millones de dólares por año, según datos del Ministerio de Defensa (2015). En comparación, Concepción, Amambay y San Pedro, los departamentos donde la FTC se encuentra, recibieron en conjunto, sumando los últimos tres años 5 millones de dólares de Fonacide para educación e infraestructura.

En tres años, la FTC tiene varias denuncias de violaciones de DDHH, en muchos casos, apañadas por la Fiscalía. Arroyito está rodeada por destacamentos militares que patrullan la zona en la noche. Para los pobladores es normal no poder salir de su casa o evitar reunirse pasadas las seis de la tarde. Viven en toque de queda permanente.

En el festejo de la Cooperativa de Educadores también está Laura Martínez. Ella es profesora de teatro. Fue hostigada tanto por del EPP como por el Estado. Todo por una obra escolar: «A mí me gustaba hacer representaciones históricas con los niños, entonces un día se me ocurrió hacer una sobre Arroyito y la historia de las represiones militares en sus inicios», dice.

Vestir a niños con disfraces militares hizo que el EPP presumiera que estaba a favor de la lucha armada. «Empezaron a enviarme mensajes a mi celular y a la radio donde trabajaba de locutora, diciéndome que me iban a buscar, que sabían dónde era mi casa. Querían que me uniera a ellos», cuenta.

Desesperada, hizo una denuncia ante la Fiscalía. Pero en vez de protegerla, la trataron de sospechosa. «Empezaron a hacerme preguntas, acusándome directamente de ser parte de ellos (del EPP)». Lo que más le extrañó es cómo la Fiscalía sabía todo sobre ella, sus horarios, sus amistades. «Parecía que me vigilaban. Veía camiones con militares pasando enfrente de mi casa por la noche», cuenta.

Acosada por el EPP y acusada por la Fiscalía, Laura Martínez dejó la radio y sus actividades en la iglesia, por miedo a que les pasara algo a sus tres hijos. También dejó de hacer obras históricas en la escuela. Quemó los disfraces y toda la utilería.

Francisco Adorno, docente de Arroyito, contaba en una entrevista televisiva: «Antes los niños veían un avión y corrían de alegría. Ahora ven uno y corren de miedo».

«Concepción es territorio en disputa con enormes cantidades de tierras, constantemente avasallado por narcotraficantes, rollotraficantes (traficantes de madera), sojeros, por gente que se dedica al abigeato y por el EPP», dice el padre Pablo Cáceres, vicario de Concepción, y añade que el terror viene de «la gente que debería de proteger a la población». Cáceres es coautor junto con Benjamín Valiente de Relatos que parecen cuentos (2014), un libro que relata los abusos del Estado en el norte del país.

Se desconoce el número exacto de víctimas de la violencia de las fuerzas estatales. Muchos no se animan a denunciar. Solo algunos casos han trascendido. Uno de ellos es el de Julián Ojeda, campesino de Nueva Fortuna, Concepción, a quien mataron en enero de 2016 cuando fue a cazar al monte. Los militares dijeron haberlo confundido con ser miembro del EPP. Dejó nueve hijos huérfanos. O el caso de Agustín Ledesma, de Arroyito, un joven sordomudo que fue asesinado a balazos por policías al no contestar cuando lo encontraron subido a un árbol. Luego, los agentes intentarían acusarlo de ser parte de la Agrupación Campesina Armada (ACA), otro grupo armado que operaba en la zona, con evidencias falsas y allanando su casa, según denunciaron miembros de la comunidad.

Una tanqueta con militares armados se encuentra apostada frente a la escuela Maricevich de Arroyito • Juan Carlos Meza

En 2014, Gumersindo Toledo, poblador de Arroyito, fue torturado por las fuerzas militares, un hecho encubierto por la Fiscalía, según el informe de la Coordinadora de Derechos Humanos del Paraguay (Codehupy, pág. 461). En 2015, en una cancha de fútbol a 500 metros de la escuela Maricevich, miembros de la FTC interrumpieron un partido a balazos, supuestamente persiguiendo a miembros de un grupo armado. «Aquí hay niños que dejaron de venir a la escuela por eso. Tienen miedo porque tienen que pasar por ese lugar», cuenta Neder Gómez.

Luego del último atentado contra los ocho militares, se dio una situación similar. Otro docente de Arroyito, Francisco Adorno, contaba en una entrevista televisiva: «Antes los niños veían un avión y corrían de alegría. Ahora ven uno y corren de miedo». Una tanqueta con militares armados se estaciona frente a la escuela Maricevich desde entonces. «Nosotros queremos tanques de agua, no de guerra», dice Francisco Jara, concejal de Horqueta.

Otros pobladores se esconden en sus casas o en las aulas al escuchar a los helicópteros militares que sobrevuelan el lugar. Juan Pereira, dueño de un almacén comunitario y padre de niños que van a la escuela Maricevich, fue arrestado luego de que militares y policías allanasen su casa y encontraran, entre otras evidencias, folletos sobre educación popular de las escuelas de Fe y Alegría, según denunció una pobladora a través de una radio de la capital. En esa entrevista, admitió que temen que «la gente de la Fuerza Conjunta, para justificarse, salgan y allanen casas y arresten a gente que no tiene nada que ver».

En marzo de 2015, el Subcomité para la Prevención de la Tortura de la ONU envió una nota al Gobierno paraguayo para expresar su preocupación «por la gravedad de las violaciones a los derechos humanos denunciadas [en el informe del Mecanismo Nacional de Prevención de Tortura y Codehupy sobre actuación de las FTC] (...) y la alta probabilidad de su repetición».

Pocas opciones de vida en el norte

«El mayor problema es la violencia que viene de todos lados», dice Miguel Rolón, de Yby Yaú. Está sentado en la vereda de la casa que su padre construyó hace más de 20 años. Casa en la que hoy vive solo, y desde donde recorre hasta 25 kilómetros para enseñar arte a alumnos en cuatro diferentes colegios de la zona. Casa que sueña convertir en un instituto popular donde se realicen conciertos, obras de teatro o se presenten libros. Mientras tanto, es donde enseña a pintar a los hijos de sus vecinos, dos niños y una niña de entre 6 y 10 años.

Pese a que Concepción es «zona de prioridad» dentro del Plan Nacional de Desarrollo del Gobierno, y que más de 6.000 familias del departamento son beneficiadas por Tekoporã, un programa de subsidios estatales a personas en situación de pobreza extrema; estos esfuerzos no son suficientes. «En la zona del norte, relegada por mucho tiempo, hay una brecha significativa donde se concentra la pobreza, (...) tenemos presencia en esa zona pero todavía puede ser mejor y mayor», admite el ministro de la Secretaría Técnica de Planificación, José Molinas.

Desde la frontera con Brasil, el narcotráfico ha desplegado toda una cadena productiva en la que participan estancieros, transportistas, sicarios y políticos. En los últimos años, se habla de la «narcopolítica». Jarvis Pavão, un narco conocido como el «barón de las drogas» de la frontera entre Paraguay y Brasil, incluso confesó en una entrevista haber ayudado al Gobierno a liberar a Arlan Fick, uno de los secuestrados por el EPP.

Sin caminos ni planes de ayuda estatal, solo sobrevive el cultivo de subsistencia en muchas partes del norte. La marihuana se perfila como una posible salida laboral.

Una avioneta narco traída por la fiscalía, según los pobladores, descansa en una plaza de Yby Yaú • Juan Carlos Meza

Aunque Paraguay es el principal productor de cannabis en Sudamérica, el Gobierno no sabe cuántas hectáreas hay plantadas. Según estimaciones de la Secretaría Nacional Antidrogas (Senad), unos 20 mil campesinos se dedican al cultivo de cannabis en Paraguay. Generalmente, trabajan en tierras de narcos por temporadas o alquilan sus propias tierras. Los narcos se quedan con la cosecha y pagan al campesino por el trabajo de cultivo, no por la producción. Luego, se encargan de la distribución. El negocio genera dividendos de más de 700 millones de dólares anuales, de acuerdo a cálculos de la Senad.

«La mayoría de mis alumnos son hijos de campesinos», cuenta Rolón. «Acá el único cultivo de renta es la marihuana», dice. Es un hecho que la economía de muchos alumnos depende de este cultivo.

El narco se convierte, en palabras del sociólogo Tomás Palau, en un «poder paralelo, subterráneo pero visible para toda la población». En este sistema el campesino es el eslabón más débil, lo que genera el éxodo y la desaparición de comunidades enteras.

«A medida que las comunidades van desapareciendo, porque venden sus terrenos por miedo o para irse a la ciudad a conseguir mejor vida, las escuelas se quedan sin niños» dice Miguel Rolón, docente de Yby Yaú.

«A medida que las comunidades van desapareciendo, porque venden sus terrenos por miedo o para irse a la ciudad a conseguir mejor vida, las escuelas se quedan sin niños», cuenta Rolón. Esta situación hace que las instituciones educativas cierren, obligando a aquellos que se quedan a recorrer distancias más largas para llegar a una escuela. Es un círculo vicioso. «Yo no creo que quiera seguir siendo docente 10 años más», confiesa.

«Todo el mundo sabe quién es y dónde está tal o cual narco», dice Rolón. «Mi forma de protegerme es la diplomacia. Conocer y saber quién es quién. Yo ni llaveo mi casa. Si me van a matar, me van a matar». Sobre la ruta, desde una camioneta que pasa a toda velocidad lo saludan.

Para Rolón, Yby Yaú es el corazón del norte. «Podría ser una muralla ante todos los problemas de esta parte del país, si se invirtiera en arte y el bienestar de la gente en vez de en armas. Cultural es el problema. Cultural la solución», dice.

Desde su casa, salen a despedirse los niños que estaban pintando en su interior. La niña pregunta si puede venir la próxima semana para seguir pintando. Rolón le dice que sí. Antes de irse, le muestra, tímida, el dibujo del día sostenido con su mano derecha. Es una flor en amarillo y violeta. Está inspirada en otra flor, real, que sostiene con la izquierda.

  1. Algunos nombres son ficticios, para proteger la identidad e integridad de las personas entrevistadas

Mónica Matiauda, comunicadora visual

Un artista que va de la fotografía a la pintura y de la pintura a la fotografía.

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En una época donde el título de «artista» se encuentra gastado y hasta banalizado, a Mónica Matiauda (Asunción, 1978) le cuesta considerarse como tal, pese a su ya frondosa obra. En su lugar, se refiere a sí misma como una comunicadora visual.

Entre una breve visita a su taller, espacio que comparte con otras artistas, y una tarde pasada por tereré junto con Sofia Hepner en su galería, Matiauda comparte y reflexiona sobre algunos lienzos que son parte de su próxima muestra: Off-side, como un retrato de Sergio Ramos que pintó sin siquiera saber quién era él.

Su sueño es poder captar con sus ojos, tal cual una cámara, todas las instantáneas que llaman su atención cada día. De esa manera piensa la realidad alguien que la referencia y recrea constantemente en sus trabajos. Su fascinación por la imagen ha estado presente a lo largo de toda su vida, a tal punto que jamás se le ocurrió dedicarse a otra cosa. Nunca terminó su carrera de Diseño Gráfico, pero el ida y vuelta entre la pintura —a la que vuelve luego de más de 10 años de inactividad— y la fotografía, es casi su impronta personal.

Mónica Matiauda: de la cámara al lienzo • Juli Torres

¿El interés por lo visual fue algo que tenés desde niña o se desarrolló con los años?
Desde muy niña. Creo que lo primero que agarré en mi vida fue un lápiz. Imaginate que mientras estaba en el jardín de infantes los cumpleaños eran lo que menos me importaba, lo único que hacía era dibujar, dibujar y dibujar. Y de chiquita mi sueño era estudiar animación y trabajar en Disney. En casa me apropiaba de los cuadernos de contabilidad, donde dibujaba mi vida en las hojas en blanco.

Lo mismo en primaria. Mi primer trabajo fueron unas caricaturas para una revista que editaban las monjas del colegio, sobre San Enrique de Ossó.

¿Cuál fue el punto crucial en el cual elegiste a las artes visuales como medio de vida?
Cuando estaba terminando el colegio, pensé en seguir Diseño Gráfico o Arquitectura, ya que tenía un tío que era arquitecto. Pero, ahora que lo pienso, jamás pensé en dedicarme a una carrera más «convencional». Siempre supe que iba a irme hacia el lado creativo. Estudié Diseño Gráfico en la Universidad Católica primero, y en la Americana después. También fui estudiante del ISA. Sin embargo, no terminé ninguna de las carreras.

En 2001 ganaste el Premio Henri Matisse. Luego de ello estuviste en Europa. ¿Cuál fue el impacto que esas experiencias tuvieron en tus trabajos posteriores?
El Premio Matisse lo gané con una instalación artística donde hacía una relación entre el Mayo Francés del 68 con el Marzo Paraguayo, que había sucedido pocos años antes —en 1999. Fue en realidad un trabajo en conjunto con un novio que tenía en aquella época, y constaba de proyecciones sobre lo sucedido en ese marzo, más televisores y fotografías que cruzaban el predio de la Alianza Francesa y llegaban a la calle. Así que se podría decir que yo empecé con la fotografía, que era parte importante de aquella instalación.

«Un premio no te define como artista. Son tus obras y tu trabajo quienes te consagran. Que un jurado le haya dado un premio a una u otra persona no significa que ella sea mejor o peor que vos»

En este caso estoy agradecida y fue crucial para mí porque me otorgó la posibilidad, con 21 años, de conocer París, con todo lo que eso significa. La experiencia de conocer y convivir con artistas consagrados que vivían de su arte, de ahí y de otras partes del mundo, me abrió la mente y otorgó ideas sobre qué quería hacer después.

¿Ahí se gestó esa simbiosis que realizás entre la pintura y la fotografía?
Sí, en Francia. Estando en la residencia de artistas conocí la obra de Gérard Fromager, que me voló la cabeza. Empecé a investigar sobre el tipo, su técnica, y leí mucho al respecto. Él denomina a su técnica como pintura fotogénica, y es la que ahora también utilizo yo, usando fotografías como referencia.

A la vuelta de París empecé a experimentar con esa técnica, que resultó en las primeras pinturas que hice, para el Premio Baviera en 2004.

En otra entrevista señalabas que hubo un momento en el cual abandonaste la pintura y te sumergiste en la fotografía de manera profesional. ¿Cuáles fueron tus motivos?
Realicé una muestra que tuvo mucho éxito, en especial un cuadro, que fue el primero que se vendió. Empezaron a lloverme pedidos para que replicara esa obra y me sentí presionada. Eso hizo que no disfrutara más de pintar, por lo que simplemente abandoné la pintura y seguí con la fotografía, que ya estaba estudiando en ese tiempo. Yo le tengo mucho respeto a la pintura, no quiero tomarla como un trabajo, una obligación. Eso la vuelve estresante y hace que pierda el sentido para mí.

La fotografía estuvo presente toda mi vida. En mi casa siempre hubo cámaras y desde que me acuerdo yo las usaba sola, porque mi papá trabajaba en la empresa representante de Cannon en Paraguay. Mis hermanos mayores tenían mucho interés por la fotografía e imagen, tenían un club de cine en los 80 con otros de sus compañeros del Cristo Rey, y me acuerdo que yo solía estar ahí, viéndolos.

Después de salir del colegio y dejar Diseño Gráfico, armé sola mi laboratorio de revelado —esto es antes de la era digital— en casa. Quitaba fotografías por placer, hasta que llegó Jorge Sáenz. Suya es la fotografía que utilicé para Marcha Campesina, por ejemplo. Él me incentivó también a que deje la pintura y me dedique enteramente a la fotografía. Comencé a hacer ensayos fotográficos. Mi primer trabajo fue Mercado 4, en blanco y negro, para un taller de Jorge.

Ese trabajo lo presenté para ingresar al ICP (International Center of Photography), donde eligen a 50 fotógrafos entre 500 carpetas. Ahí estudié una especialización en fotografía, una especie de masterado: «General Studies of Photography», porque ellos tienen dos carreras bien separadas. «Photojournalism» y «Fine Arts Photography». Seguí la segunda, aunque ahora me arrepiento un poquito de no haber hecho la primera.

¿Por qué afirmás que el fotoperiodismo es esencial como escuela?
Jorge me dijo que si quería ser fotógrafa tenía que meterme a un diario. En el diario entrenás tu técnica, tu mano, tu ojo, tu atención. Ahí, de cualquier forma y bajo cualquier circunstancia tenés que tener la foto, no hay excusas. La fotografía debe describir la noticia, dependiendo del ángulo que se le quiera dar. Es un entrenamiento genial. Estuve tres años en el diario y colaborando para la Associated Press.

¿Y por qué saliste?
Tengo el talento pero no el plus que se necesita. Tenés que estar atenta a cualquier hora y si te necesitan para cubrir alguna noticia, llegar al lugar antes. Para mí es muy estresante. Yo lo había tomado en un primer momento como un desafío. Ya había salido de mi casa, alquilado un departamento. Tomaba todos los trabajos posibles fuera del diario.
Después decidí trabajar para revistas, hacer moda, quince años, casamientos, producciones en general. De eso vivo hoy. Los diarios pagan muy mal.

¿Trabajabas más y ganabas menos?
Hacía horario diario y ganaba sueldo mínimo. Hoy en día hago tres producciones y me pagan el triple de lo que te pagan en un diario.

Preferís definirte como comunicadora visual más que como artista. ¿Qué criterios creés que se deben tomar para considerarse lo segundo?
Para mí la palabra artista es demasiado grande. No es que así nomás te adjudicás la denominación. Si tu obra queda como obra de arte, debe trascender. Claro que es una visión muy personal.

«Como suceso que acontece ahora mismo, estoy muy interesada en el cambio de Asunción como ciudad física. Esa transición donde desaparecen referencias históricas y van surgiendo otras nuevas me parece muy interesante»

¿Entonces tu valorización por tu propia obra te impide llamarte artista?

Claro, por ponerte un ejemplo: hoy existen millones de dibujantes que son excelentes en técnica, pero no son artistas. Warhol hizo las latas Campbell, ahora cualquiera las puede hacer. La diferencia es que lo suyo tenía un mensaje en aquella época.

¿Qué ideas intentás imbuir en tus obras, y para quién las creás?
Es muy intuitivo. No pienso en el propósito de la idea, o para quién. A quien le guste, genial. Pero creo que yo me estoy hablando a mí, aunque una obra siempre termine en la visión del otro.

La reacción del espectador es parte de una obra, pero no es algo que se pueda dirigir o no. Se puede escribir algo totalmente diferente a lo que yo quise decir, y me parece fascinante eso. Otra cosa es que se influya esa mirada con algo que escribió o pensó otra persona ajena a mi obra. Debería ser libre, a mi entender. Yo ya no soy dueña de eso. Una vez que mi obra está terminada, es del universo.

Me gustaría vivir de la pintura siempre y cuando eso no comprometa los tiempos de trabajo que le dedico a cada obra.

¿Cómo le hace Mónica Matiauda para vivir de su producción creativa y no morir en el intento?
Con perseverancia y responsabilidad. Trabajando sin excusas. Cuando tenés que vivir de esto no podés esperar a la inspiración. Si esta te llega tiene que encontrarte ya trabajando.

Esto se aplica a la fotografía —que es de lo que vivo actualmente — y también se aplica a la pintura, que me encantaría vivir de eso, si al hacerlo respetara mi ritmo de trabajo.

Por ejemplo, la idea de esta muestra —Off-side— surgió hace dos años, y podría haber hecho una serie de diez cuadros al mes y presentarla mucho antes, pero mi interés no pasa por ahí. Quiero otorgarle el tiempo necesario a cada cuadro y que cada cuadro sea y se sienta especial. Para lo otro ya tengo mi trabajo de fotógrafa. Pero no quiero que la pintura se vuelva una especie de obligación a realizar porque sí o sí tengo que pagar mi alquiler. Me gustaría vivir de la pintura siempre y cuando eso no comprometa los tiempos de trabajo que le dedico a cada obra.

¿Cómo circula tu trabajo como pintora?
Sigue siendo a través de las galerías donde he realizado mis muestras y mediante los clientes relacionados a ellas, los cuales son todos locales. Ahora que estoy volviendo a la carrera me gustaría realizar alguna exposición en Buenos Aires o en New York. Si una posibilidad así sucede sería dedicarme exclusivamente a la pintura de vuelta, recalcando el ideal de poder dedicarle el tiempo suficiente a cada obra.

Detalle de una obra parte de la serie Off-side

¿Dejarías la fotografía?
Dejaría la fotografía comercial. Seguiría con proyectos relacionados a la fotografía artística, como así también para la utilización de ésta como inspiración en mis cuadros.

Como reportera gráfica trabajaste mucho en canchas de fútbol. ¿Cuál fue tu experiencia en ese ambiente?
Fue una experiencia que me marcó. Imaginate que yo no tenía idea de nada sobre fútbol y ahora me conozco hasta las estrategias y tácticas del juego porque era parte de mi trabajo, algo con lo que convivía día a día, porque esa clase de detalles debías aprenderlos por tu cuenta.

Cuando llegabas al partido ningún colega tenía tiempo para explicarle a una «nena» por qué todos los reporteros estaban apuntando hacia tal punto. Lo comprendí sobre la marcha. Todos apuntaban hacia tal lugar cuando la pelota se encuentra en otro sitio porque el árbitro hizo un gesto o marcó una falta. Son cuestiones que nadie me explicó. Fue trabajo de campo, literalmente.

¿Y por qué el fútbol como concepto de tu próxima muestra?
El fenómeno del fútbol es único. Une razas, sobrepasa ideologías y diferencias. Lo que se siente en el fútbol se puede extrapolar a la vida. Cuando pinté a Sergio Ramos, la importancia no era Sergio Ramos sino qué estaba diciendo ese cuadro y porqué. Elegí esa cara y le dí vida, porque pensé que estaba contando algo. Lo mismo con las demás. Creo que cada una de las pinturas cuenta un estado de ánimo o emoción que incluso alguien fuera del fútbol puede entender.

La exposición no es solo sobre fútbol, sino de éste como un medio para contar algo más.

Mónica dice que es olimpista de familia, pero que le impresiona la pasíon del fútbol más allá de los colores

¿Sos de algún club?
Olimpia. De familia. Pero no importa qué equipo esté jugando, en el momento que entrás a un estadio es impresionante la pasión. Cuando las gradas están llenas y una se encuentra ahí abajo, no te imaginás cómo retumba. Ahí te das cuenta también de la importancia del hincha para los jugadores en lo referente a lo anímico. Genera piel de gallina.

Y es contagiante. En partidos de la Albirroja, por ejemplo: el gol de Paraguay contra Argentina, vos tenés que tener la foto de dicho gol y se te complica porque estás eufórica. Situación que me sucedía por principiante. Es una locura.

Hablaste de ser parte de una generación que mal o bien pudo vivir de su arte. ¿Cuál es el desafíos de las próximas generaciones para una producción y valorización de obras de calidad en Paraguay?Tomar en serio lo que están haciendo y no quedarse en conceptos prefabricados. Si ellos quieren ser fotógrafos, deben darse cuenta de que eso va más allá de tener una cámara último modelo y agarrarla; uno debe ser un comunicador, un esteta. Esto se extrapola a todo lo que se refiera en artes visuales, al menos, empezando por la pintura.

Tenés la obligación de formarte, de estar al palo, estar al tanto de todo lo que sucede. Ver lo último en películas, música, libros, internet... por más que no te guste, tenés que ver, darle una oportunidad. No hay que cerrarse. De todo uno puede aprender.

«Que el archivo de lo que sucedió [en el Marzo Paraguayo] haya venido de tus ojos es algo muy importante, en especial en un país donde se olvida muy rápido»

Decís que necesitás una referencia siempre a la hora de encarar tus obras. ¿Podemos decir que tienen un fuerte componente de realidad?
De mi realidad en el momento en que las hago, sí. Mi visión de la realidad, la que puede cambiar posteriormente. Son muy figurativas. Lo abstracto no es lo mío.

Para plasmar cualquier idea que yo quiera decir, siempre termino recurriendo a figuras entendidas por todo el mundo. Usar lo existente para resolverlo, para contar otra cosa.

Mónica Matiauda • Juli Torres

¿Qué suceso histórico o artístico te hubiera gustado registrar, ya sea con la lente o el pincel?

Como reportera gráfica me hubiese gustado estar cuando el incendio del Ycuá Bolaños. No por el hecho en sí, porque fue muy fuerte y triste lo que sucedió, sino por la oportunidad de mostrar las cosas como fueron. O en el Marzo Paraguayo. Cuando sucedió yo era muy chica.

Recuerdo que en un momento me escapé de mi casa y fui a dar agua a la gente que se apostaba en la plaza. Pero era una locura. Pero que el archivo de lo que sucedió en aquel momento haya venido de tus ojos es algo muy importante, en especial en un país donde se olvida muy rápido.

Como suceso que acontece ahora mismo, estoy muy interesada en el cambio de Asunción como ciudad física. De pocos años atrás a hoy, zonas como Santa Teresa o el centro ya no son lo que eran. Esa transición donde desaparecen referencias históricas y van surgiendo otras nuevas me parece muy interesante. Creo que por ahí irá lo próximo que haré en pintura.

 

Aprovechá lo de ayer: Ype rova

En estas fiestas, luego de consumir, no tires los restos de tu cena. Mejor guardalos que con esta receta te damos una buenísima alternativa para reutilizar esos alimentos.

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https://youtu.be/wTlvENAeJ50

Las croquestas ype rova son una forma creativa de no desperdiciar alimentos —según la FAO se calcula que se desperdician 1300 millones de toneladas de alimentos al año— e incluso ahorrar tiempo en el almuerzo post Navidad o fin de año.

Para este caso particular utilizamos lo que nos sobró de:

Carne de gallina Mandioca
locote rojo
caldo de gallina
tomate
cebolla
huevo
harina de mandioca
locote verde
ajo
ky’ỹi

Recordá que las siguientes medidas no son ni exactas ni los ingredientes determinantes, sino que una guía para realizar el plato. En vez de gallina, por ejemplo, podrías usar asado o pollo, intercambiar verduras.

«Es una receta muy divertida, porque es sencilla, económica y te permite disfrutar lo mismo que comiste ayer, pero con una nueva contextura y sabor» nos dice Luci Espinosa.

Lo primero que debés hacer es sacar de la heladera toda la comida del día anterior. En el caso de la gallina, deshuesá y picála. También picá las verduras.

Conservar bien los alimentos es clave para reutilizarlos • Martín Crespo

Luego, en una paila poné mandioca y pisala bien. Añadí las verduras picadas con el aceite y doralas. Agregá la carne de gallina y andá pisando y revolviendo mientras vertis el caldo de gallina, hasta que todo se integre y se seque. Mientras tanto, batí uno o más huevos (dependiendo de cuánto de lo que te sobró estés preparando)

¡Mandioca! • Martín Crespo

Cuando ya se secó, retirá el contenido de la paila y pasalo primero por harina de mandioca, haciendo bolitas, luego por el huevo batido y por último por la fariña de mandioca, apanándolos.

Las croquetas ya formadas las ponés en una paila con aceite caliente.

Dejás que se doren… y ya tenés algo más para picar en estas fiestas.

Potente y autóctono: Picante bala

El gusto por acompañar todo con picante no es algo traído del extranjero sino una costumbre con raíces muy locales. Los ingredientes de esta receta son todas especies autóctonas de Paraguay.

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https://www.youtube.com/watch?v=s3Su1VEBgxw

Las medidas a continuación solo las debés tomar como una guía y podés modificarlas según tu propio criterio.

Para una taza de este picante bala los ingredientes son:

Dos ky’ỹi común, 4 ky’ỹi mortal
Una pizca de ají silvestre nivaclé
Tres dientes de ajo
Dos tomate pimpón
Una taza de suero de leche
Unacebolla
Una ramita de romero
Azúcar, sal, orégano, tomillo y vinagre a gusto.

Ky’ỹi, de Arroyos y Esteros • Martín Crespo

Para desatar todo su potencial este picante combina el ky’ỹi común con el mortal –más pequeño, denominado así por los propios productores– ambos provenientes de Arroyos y Esteros, junto al ají silvestre del Chaco.

Ky’ỹi mortal, de Arroyos y Esteros • Martín Crespo

Este ají es recolectado por una comunidad de mujeres nivaclé y es uno de los tantos productos que Ignacio Fontclara y el grupo del Masterado en Cocina y Alimentación en el Paraguay incorpora a sus recetas luego de varias investigaciones sobre alimentos y especies autóctonas. «La comunidad nos envía su producción directamente a nosotros, sin intermediarios. Es una relación directa», comenta Ignacio.

Ají silvestre del Chaco, recolectado por una comunidad de mujeres nivaclé • Martín Crespo

Podés realizar el preparado sin el ají silvestre, ya que no vas a encontrar en un supermercado algo parecido. Basándose en una costumbre campesina, esta receta utiliza suero de leche como conservante, que además aporta proteínas. Si no conseguis suero, podés reemplazarlo por aceite.

Basándose en una costumbre campesina, esta receta utiliza suero de leche como conservante, que además aporta proteínas.

Lo que tenés que hacer primero es poner en una paila con aceite la sal y el azúcar; luego -cortados- el tomate pimpón, ajo, cebolla, ambos ky’ỹi y el picante nivaclé. Finalmente agregás el romero, tomillo y orégano.

El suero de leche: un preparado campesino a modo de conservante que además aporta proteínas • Martín Crespo

Revolvé hasta que todo se deshaga y se encuentre tostado y confitado. Ahí le ponés el suero, dejando que se mezcle con el resto del preparado.
Retirás el preparado de la paila para meterlo en la licuadora, añadiéndole vinagre. El vinagre también sirve como conservante.

Licuás unos momentos y ya tenés tu propio picante hecho en casa. Probarlo con mandioca frita no sería mala idea.

Eso sí, avisanos si aguantás.

Jopara: toda la chacra en un plato

Un plato que condensa toda la variedad productiva de la agricultura familiar paraguaya.

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https://youtu.be/1ZuZSdQ7T8c

El jopara es una de las comidas tradicionales paraguayas por excelencia. En este plato se condensa toda la variedad productiva de la agricultura familiar. «Es un paisaje de toda la abundancia que producimos en el campo», nos dice Luci Espinosa, parte del Masterado en Cocina y Alimentación en el Paraguay.

Según la creencia popular, el jopara simboliza la abundancia de la producción de las chacras familiares a modo «ahuyentar al Karaí Octubre y la mala fortuna cada año», de ahí que en nuestro país se acostumbra a ingerir esta comida cada 1 de octubre.

El Jopara condensa toda la variedad productiva de la agricultura familiar, es un paisaje de toda la abundancia de lo que se produce en el campo.

Su preparado es bastante particular, atendiendo que en la cocina popular no existen medidas exactas. La siguiente lista es una guía de ingredientes y cantidades que pueden ser modificadas a gusto.

Para una olla de cuatro porciones los ingredientes son:

Un puño de locro Un puño de poroto pytã
Medio locote
Una zanahoria
Una hoja de laurel
Una pizca de orégano
Una ramita de romero
Una ramita de kuratũ
Un poco de tomillo
Una hoja de tayao
Un diente de ajo
Una batata blanca
Una batata morada
Una cebolla colorada
Un puño de poroto manteca
Un puño de poroto San Francisco
Un puño de manduvi guasu
Un cuarto de zapallo
Aceite y sal a gusto

Acordate primero que tenés que dejar todas las legumbres (poroto manteca, poroto San Francisco, manduví guasu, poroto pytã y locro) reposando en agua un día antes. Antes de empezar, colás y dejás secar los ingredientes.

Toda la chacra en un plato • Martín Crespo Primero preparás un caldito de verduras con media zanahoria, chala y un trozo de zapallo. Mientras el caldo hierve, cortás lo que necesite ser cortado: cebolla, locote, zanahoria, zapallo y las batatas.

Cuando termines, el caldo estará casi listo. En otra olla ponés aceite, la cebolla colorada picada y el diente de ajo entero, la otra mitad de la zanahoria y el medio locote, también picados. Agregás orégano y tomillo a gusto junto al laurel y el romero, y revolvés durante dos minutos. Añadile sal a gusto.

Pasado ese tiempo, incorporás el locro, el manduvi guasu, el poroto pytã y el San Francisco, y vertí de a poco el caldo de verduras de la otra olla mientras dejás que hierva hasta ablandar a las legumbres.

Al final, agregale kuratũ, tayao y perejil • Martín Crespo

Cuando esto suceda, le agregás el resto del zapallo y las batatas picadas, junto al poroto manteca. Herví hasta espesar.

Antes de retirar la olla del fuego, agregale kuratũ, tayao y perejil, cortados. Revolvé bien todo.

Al servir, el único alimento de la chacra que faltará en tu plato será la mandioca, la cual podés usar para acompañar el jopara. Así, tendrás una comida tradicional completa, nutritiva y abundante de alimentos propios de la agricultura local.

Con harina de maíz de las chacras: Ka’i Ku’a

Aprendé a preparar el ancestro de nuestra muy conocida y tradicional sopa paraguaya.

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https://youtu.be/f7FaWwpM1jo

Es el ancestro de nuestra muy conocida y tradicional sopa paraguaya. Si bien ya no es muy frecuente su preparación, es parte de la cocina tradicional campesina.

Para dos personas, apróximadamente, los ingredientes son:

Una taza de harina de maíz Dos huevos
100 gramos queso Paraguay
½ taza de leche cuajada Tres chalas de maíz
Dos cucharadas de manteca
Una pizca de anís

«La harina de maíz siempre es de mejor calidad en ferias y mercados», aconseja Ignacio Fontclara, docente del Masterado en Cocina y Alimentación en el Paraguay.

La clave del ka’i ku’a es una buena harina de maiz • Martín Crespo Perla Álvarez, integrante de la organización Conamuri y conductora del premiado programa de cocina Tembi’u Rape, enfatiza esta idea, ya que «no tenemos una herramienta legal para proteger la calidad de la producción. Lastimosamente, el proyecto de ley de defensa de variedades locales de maíz fue archivado por el Congreso en el 2013».

La única manera de saber si tu harina de maíz proviene de especies híbridas, criollas o transgénicas es comprando «directamente del productor», asegura Perla Álvarez, de la organización Conamuri.

Sin la regulación ni políticas públicas al respecto, la única manera de saber si tu harina de maíz proviene de especies híbridas, criollas o transgénicas es comprando «directamente del productor», asegura Perla.

Para preparar el ka’i ku’a, tenés que vertir la harina de maíz en un recipiente junto con el resto de los ingredientes —no te olvides del anís— mezclándolos hasta conseguir una masa consistente.

Al atar las puntas y el medio, se forma el ka’i ku’a o cintura de mono • Martín Crespo Ese preparado lo envolvés en chalas, las cuales anudás con hilo en el medio y las puntas, formando así el ka’i ku’a o cintura de mono que da nombre a la receta. Las chalas son las hojas que envuelven las mazorcas de maíz. Si las chalas que tenés no son frescas, es recomendable ponerlas en agua caliente para ablandarlas primero. Una vez anudadas, las ponés 15 minutos en agua hirviendo con sal.

Condimentá el ka’i ku’a a gusto • Martín Crespo

Finalmente, las retirás, abrís las chalas y ya está.Usá tu creatividad a la hora de acompañar: un pesto, una salsa, cebollita en hoja, lo que prefieras.

Con el maíz de la huerta: Chipa Guasu Express

Una receta de chipa guasu a la plancha para aprovechar una de las 12 variedades de maíz criollo del Paraguay

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https://youtu.be/yUfpTPXL508

Esta receta es perfecta por su sencillez, en especial si extrañás el chipa guasu de tu abuela pero contás con poco tiempo para cocinar. Se trata de un preparado rescatado por Ignacio Fontclara y el grupo del Masterado en Cocina y Alimentación en el Paraguay.

«En la cocina popular no existen medidas exactas» nos recuerda Ignacio. La mayoría de las recetas están basadas en el conocimiento colectivo, por lo que las medidas a continuación solo las debés tomar como una guía y podés modificarlas según tu propio criterio.

Para cocinar para 3 personas los ingredientes son: Una mazorca de maíz fresco o choclo
150 gramos de queso Paraguay
Media taza de leche cuajada,
Una cebolla
Dos huevos
Dos cucharadas de manteca.
Sal a gusto

Es sencilla de preparar pero la clave está en la calidad de los ingredientes: mejor buscá en ferias, mercados o comprá directo de quienes lo cultivan, antes que recurrir a los supermercados.

Buenos ingredientes: clave en toda receta • Martín Crespo La mazorca de maíz fresco es el ingrediente fundamental en esta receta y el cultivo tradicional por excelencia de la chacra paraguaya. En nuestro país, contamos con 12 variedades de maíz criollo, todas adaptadas a diferentes condiciones naturales y socioeconómicas. Sin embargo, conseguir alguna de estas variedades autóctonas en el mercado es difícil. «Es muy probable que la mazorca que compres para esta receta sea híbrida, mezcla de algunas de estas especies», cuenta Ignacio.

Para preparar la receta, luego de desgranarlo, el choclo va a la licuadora junto con el resto de los ingredientes. No olvides picar la cebolla.

Chipa Guasu… ¡a la plancha! • Martín Crespo

Licuá hasta obtener una crema uniforme. Calentá la paila con poco aceite hasta alcanzar una temperatura moderada; vertí el preparado en el tamaño que gustes. «Parece una forma muy urbana de hacerlo, pero es así como se prepara en la campaña», acota Ignacio.

Cociná hasta dorar de ambos lados. Cuidado no se te queme. Serví y acompañá con lo que quieras.

Eeeks retumba con fuerza en cada rincón del underground asunceno

Entre la ironía de hacer música con clima océanico y provenir de un país mediterráneo, Eeeks construyen un sonido que trasciende géneros.

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https://youtu.be/IMKwEx8KK8M

Entre remixes de publicidades de nuestra TV noventosa y el reverb. Entre camisas floreadas y los sueños de Ringo. Entre la ironía de hacer música con clima océanico y provenir de un país mediterráneo, Eeeks retumba con fuerza en cada rincón del underground asunceno.

«The premier landlocked south american power pop and avant-garde no wave/new wave surf band» como se autodefinen, tiene una era prehistórica allá por el 2012 cuando bajo el nombre de Los Rukis comenzaron a tocar en pequeños antros capitalinos antes de reinventarse con su nombre actual, acompañando esto con un ambiente e imagen muy peculiar que llama la atención desde el primer momento.

Ana Díaz Sacco, baterista de Eeeks • Juli Torres Mongelos

Con Aharon Emery y Luca Milessi en guitarras y voces, Joaquín Abente en el bajo, Ana Díaz Sacco en la batería y Rogelio Sanabria en los sintetizadores, Eeeks será parte del primer #ConciertoKurtural este 1 de noviembre en Buenavista Workklub, junto con Las Piñas, con quienes ya tocaron durante su reciente gira por La Plata, Argentina.

«La escena musical de La Plata es muy diferente a la de Asunción, debido a que hay muchas bandas y cada integrante de esas bandas tiene a su vez proyectos paralelos» nos dicen sobre la experiencia de tocar fuera del país.

Rogelio Sanabria controla los sintetizadores • Juli Torres Mongelos

¿La razón de esta diferencia? «Se da que el público consume más de la música nacional platense», también teniendo en cuenta el modus operandi de los grupos de aquellos lares: «los conciertos no necesariamente se realizan en locales para eventos o bares, sino que suelen hacer fiestas en casas particulares» una iniciativa que les gustó y estaría interesante aplicarla aquí, dijeron.

«Compartimos todo nuestro material de manera online o para su descarga de forma gratuita, bajo la licencia Creative Commons»

Pero nada de esto hubiera sido posible sin la difusión online, aseguran: «Estamos en Bandcamp, por ejemplo, de donde se puede descargar todo nuestro material gratuitamente, como así también en Soundcloud, y con algunos videos en Youtube», el boca a boca digital, a través de likes, RTs y links compartidos, hicieron el resto. «Llegamos también a hacer un EP con unas cuantas copias físicas, más que nada para repartirlas en los conciertos».

Joaquín Abente, bajo • Juli Torres Mongelos

¿Entra en disputa la idea del copyright en medio de la era de la distribución de cultura en internet?, ellos concuerdan a medias: «Es bueno proteger los derechos de la música —o cualquier producto cultural— para evitar que se utilice con fines con los cuales no estaríamos de acuerdo, sin embargo, nosotros compartimos todo nuestro material de manera online o para su descarga de forma gratuita, bajo la licencia Creative Commons».

Aharon Emery, guitarras y voces • Juli Torres Mongelos

Para financiarse, entonces, se encuentran los diferentes toques y merchandising como sus remeras, que por ejemplo para el #ConciertoKurtural acompañaban al 1 kurtú con el cual conseguís tu entrada  y ya se agotaron, mostrando como —algo bastante inaudito en nuestra escena local— el grupo cuenta ya con una legión de fans acérrimos de su sonido, idea e imagen que proyectan.

«Esperamos ser parte de una escena que sea apoyada por la escena misma: Creemos que es una forma muy viable de intercambiar conciertos —y cultura— de una manera sustentable»

«La idea de Kurtú nos parece genial porque se enfoca en la comunidad creativa y en el consumo de sus objetos culturales, de manera distinta a lucrar típico dentro de la escena del rock nacional, apoyada por marcas que generalmente producen un ambiente cultural rancio. Enfocado más en consumir dicha marca que otra cosa»

Luca Milessi, guitarras y voces • Juli Torres Mongelos

Con el desafío de seguir creciendo más allá de la mediterraneidad geográfica y artística —actualmente se encuentran grabando su primer disco, que saldría el próximo año—, Eeeks sigue embarcándose en su aventura, acompañados de un creciente número de fans expectantes de cómo ésta prosiga  y fortaleciendo lazos con otras bandas: «La gestión cultural es algo que irá cambiando en la nueva comunidad del underground asunceno y esperamos ser parte de dicho cambio, hacia una escena que sea apoyada por la escena misma. Creemos que es una forma muy viable de intercambiar conciertos —y cultura—  de una manera sustentable»

Las Piñas, surfeando en red

Formado por unas chicas argentinas desde La Plata, Provincia de Buenos Aires. Gustan del fútbol y las pizzas. Hacen un surf rock fresquito que no estará en auge, pero avanza como una ola.

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https://youtu.be/SFH1kCvVn3A

El grupo tiene nombre de una fruta. Formado por unas chicas argentinas desde La Plata, Provincia de Buenos Aires. Gustan del fútbol y las pizzas. Hacen un surf rock fresquito que está en auge y avanza como una ola. Empezaron hace poco menos de un año, pero de ahí la ola no paró de crecer.

Son Las Piñas. Un trío formado por Antonela Périgo en la batería, Sofía Cardich en la guitarra y Celina Ortale en el bajo, y estarán esta semana de gira por el país, donde tocarán con Eeeks el 31/10 en 25 de mayo 438 y el 1/11 en Buenavista Workklub; el 5/11 en Dracena con Pat & The Jurassic Band y el 6/11 cerrando en Barbarella con Fuzzkrank y The White Lines.

Pese a ser una banda muy joven, ya han lanzado su primer EP, titulado El Perro Beach, editado en Texas por el sello Yippee Ki Yay.

Sofía Cardich, guitarrista de Las Piñas · Sofia Etcheverry

MÚSICA SURF PARA COMPARTIR EN RED

«Nunca pensamos en el crecimiento tan rápido que tuvo la banda», me dicen. «No pensábamos demasiado en nada, comenzó como un juego y se tornó algo serio donde no paramos de divertirnos y de pasarla bien».

Todo empezó cuando fueron descubiertas por Ryan, el dueño del sello norteamericano, en Bandcamp. «Tenemos que agradecerle a internet y a las distintas redes sociales que permiten que todo lo que uno hace se difunda y tenga alcances impensados. Es como si uno perdiera el control de su propia banda porque vive y crece más allá de lo que uno pueda manejar, es extraño… y hermoso. Se podría decir que la mayoría de lo que tenemos se lo debemos a ello.»

Y en la era digital, circular tu material va incluso más allá de la música, pasando por la comunicación. «Ni bien comenzamos a conversar sobre el EP, el dueño de Yippee Ki Yay Records nos recomendó generar un perfil en todas las redes sociales posibles. Le hicimos caso y nos dimos cuenta de que todas tienen alcances diferentes y que lo que se genera en cada una de ellas son cosas distintas y muy interesantes».

Las Piñas, oriundas de La Plata, tocan por primera vez en Paraguay · Luciana Demichelis

El otro desafío de la dicotomía, como dicen ellas, que deben tener artistas y generadores de material entre el copyright y la libre distribución de cultura. En ese sentido, el destaque es la auto-gestión. «Nosotras por ejemplo somos nuestras propias productoras, pagamos la grabación de nuestros cds, hacemos nuestras remeras. Y poder generar ingresos con todo eso es lo que nos mantiene con vida.»

«Tenemos que agradecerle a internet y a las distintas redes sociales que permiten que todo lo que uno hace se difunda y tenga alcances impensados. La banda vive y crece más allá de lo que uno pueda manejar, es extraño… y hermoso»

¿Lo que se recauda con los shows? «Eso no es para nuestros bolsillos, va a un pozo de la banda y con eso podemos viajar, por ejemplo. Es un ida y vuelta necesario para subsistir y más en un mercado en el que es muy difícil mantenerse y vivir por y para esto»

 

EN PARAGUAY: EEEKS, LA GIRA Y KURTÚ

Pero a fuerza de surf, toques y giras, la han ido remando. Ahora, por ejemplo, están en Paraguay, donde en una de sus fechas compartirán escenario con Eeeks, en el primer #ConciertoKurtural que tendrá lugar en Buenavista Workklub el domingo 1 de noviembre.

No es la primera vez que tocan con ellos. Ya lo hicieron en La Plata. «Fue amor a primera vista», señalan. De cierto modo ahora les devuelven la visita. «A nuestro parecer esto es lo más hermoso que le puede pasar a una banda y uno de los principales motivos por los cuales nosotras tocamos: Para conocer personas de todas partes del mundo, viajar, hacer shows, compartir. Sin colaboración ni apoyo es muy difícil que se llegue a algo»

Las Piñas, oriundas de La Plata, tocan por primera vez en Paraguay · Luciana Demichelis

De Paraguay, gente de otras bandas y amigos allegados les han comentado mucho que se habla de una especie de cultura alternativa emergente, según ellas. «Es nuestra primera gira acá y estamos súper contentas y ansiosas por ello. Se habla que aquí hay una generación renovada, de un país que se está ampliando musicalmente y en otras disciplinas artísticas más under, lo cual se está gestando desde los más jóvenes». Comparan al fenómeno con lo que está sucediendo igualmente en Argentina, en donde hay una creciente  escena alternativa que se presenta como opción al mainstream, «que sigue estando pero ya no desde una posición hegemónica»

«Tocamos para conocer personas de todas partes del mundo, viajar, hacer shows, compartir. Sin colaboración ni apoyo es muy difícil que se llegue a algo»

Sobre Kurtú, la moneda virtual de intercambio cultural con la cual podrás acceder a tu entrada del #ConciertoKurtural, piensan que es una iniciativa fantástica. «No conocemos algo similar, una idea muy buena que ayuda a fomentar a pequeños productores y a la cultura emergente»

Los planes futuros de Las Piñas incluyen terminar el LP que ya está en etapa de mezcla, «queremos cerrar esta etapa de la mejor manera con nuestro primer disco». Luego vendrán toques en países de la región y el mayor objetivo: el sueño de una gira por EEUU, un objetivo cada vez más cerca de producirse el próximo año.

Pero lo más importante es seguir difundiéndose: «Sabemos lo que es hacerse de abajo y apoyamos todo lo que tenga que ver y sume a la música y la cultura. Cuanto más se difunda todo mejor, a cuantos más llegue, mejor. Lo que uno hace no es solo para uno, es para los demás. Y no tendría sentido que se quede guardado en un cajón.»